na mañana, cuando el sol apenas comenzaba a pintar de naranja las copas de los árboles, Quelina vio a una ardilla nueva sentada sola bajo el Gran Roble Sabio. La ardilla abrazaba el aire con mucho cuidado, como si sostuviera algo muy valioso.
—Hola —dijo Quelina acercándose despacio—. Soy Quelina. ¿Cómo te llamas?
—Soy Pía —respondió la ardilla con una sonrisa tímida—. Y este es Nube.
Quelina miró hacia donde señalaba Pía. No vio a nadie.
—¿Nube? —preguntó Quelina con suavidad.
—Sí. Es mi mejor amigo. Viene conmigo a todos lados —explicó Pía—. Nube es suave como el algodón y siempre me hace reír cuando estoy triste.
Quelina sonrió. Ese mismo día, Lumo la luciérnaga se acercó a jugar. Lumo también quiso saludar a Nube, pero cuando Pía se lo presentó, Lumo arrugó la nariz.
—Pero ahí no hay nadie —dijo Lumo.
Pía bajó las orejas y apretó los brazos como si quisiera proteger a su amigo invisible.
Quelina entonces dio un paso adelante.
—Lumo —dijo con voz cálida—, ¿recuerdas cuando llegaste al Valle por primera vez y extrañabas tanto tu antiguo estanque que hablabas con tu sombra para no sentirte solo?
Lumo parpadeó. Sí, lo recordaba.
—Nube es el abrazo que Pía lleva dentro —continuó Quelina—. Es la forma en que su corazón guarda todo el amor de los amigos que dejó atrás.
En ese momento, las espirales del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas estrellas doradas que despertaban.
Pía levantó la mirada, asombrada.
—¿De verdad lo entiendes? —preguntó.
—Sí —dijo Quelina—. Cuando llegamos a un lugar nuevo, a veces necesitamos traer con nosotros algo conocido. Nube te ayuda a sentirte segura mientras el Valle Esmeralda se convierte en tu hogar.
Pía sonrió, y esta vez la sonrisa fue grande y brillante.
Los días siguientes, Quelina y Lumo jugaron con Pía cada tarde. Le mostraron los mejores rincones del Valle: el arroyo donde vivía Río, el jardín de flores donde Mara practicaba sus vuelos, la piedra redonda perfecta para sentarse a ver las estrellas.
Poco a poco, Pía fue conociendo cada piedra, cada flor y cada amigo del Valle.
Una tarde, Pía corrió hacia Quelina con los ojos brillantes.
—Quelina, ¡hoy Nube me dijo algo! Me dijo que ya no me siento sola.
—¿Y qué sientes tú? —preguntó Quelina.
Pía pensó un momento y luego respondió:
—Que el Valle Esmeralda también es mi hogar ahora.
Quelina la abrazó. Las espirales doradas de su caparazón volvieron a brillar, suaves y cálidas, como siempre que aprendía algo que valía la pena guardar para siempre.
Los amigos imaginarios son el lenguaje secreto del corazón cuando necesita tiempo para sentirse en casa.
Paso 1: Pide a tu hijo o hija que te presente a su amigo imaginario, o que invente uno juntos y le pongan un nombre especial. Paso 2: Pregúntale qué cosas le gusta hacer a ese amigo y dibujen juntos cómo se imaginan que es. Paso 3: Cuéntale que ese amigo vive dentro de su corazón y que lo puede llevar consigo a donde quiera que vaya.
