n el Valle Esmeralda vivía una jirafa llamada Girasol. Tenía el cuello más largo de todo el valle, manchas anaranjadas como el atardecer y unas pestañas enormes y hermosas. Pero Girasol no se sentía especial. Se sentía rara.
Cada mañana miraba a los conejos saltar juntos, a los patos nadar en grupo y a los venados correr en manada. Todos parecían encajar perfectamente. Ella, en cambio, siempre asomaba la cabeza por encima de los árboles sin quererlo, y cuando intentaba beber agua del río, tenía que abrirse de patas de una manera que le parecía muy poco elegante.
—Quisiera tener el cuello corto —suspiraba Girasol cada noche antes de dormir—. Así sería igual a los demás y todo sería más fácil.
Un día, Quelina paseaba por el borde del río cuando escuchó ese suspiro tan profundo. Se acercó despacio, con su paso tranquilo de tortuga, y levantó la vista hacia arriba, muy arriba, hasta encontrar los ojos tristes de Girasol.
—¿Qué te pasa, amiga? —preguntó Quelina con voz suave.
—Me pasa que soy demasiado distinta —respondió Girasol—. Ojalá pudiera ser como los demás.
Quelina pensó un momento. Ella también caminaba lento cuando todos corrían. También cargaba su caparazón cuando otros viajaban ligeros. La entendía muy bien.
En ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando con sus alas de colores.
—¡Girasol! —exclamó Mara—. ¡Ayer me salvaste! ¿Recuerdas? Yo estaba atrapada entre las ramas más altas del Gran Roble Sabio y tú, con tu cuello largo, me alcanzaste y me liberaste. Nadie más en el valle hubiera podido hacerlo.
Girasol parpadeó sorprendida. Lo había olvidado por completo.
—¿Y recuerdas —continuó Quelina— que tú eres la única que puede avisar a todos cuando viene una tormenta? Ves las nubes mucho antes que nadie porque tu cabeza llega hasta las alturas.
Girasol miró hacia el horizonte. Era verdad. Desde allá arriba, el valle se veía como un mapa precioso, lleno de colores y vida.
—Yo también quise alguna vez tener patas largas para correr —confesó Quelina—. Pero entonces no podría llevar mi caparazón, y dentro de él guardo todo lo que amo.
En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas estrellas despertando.
Girasol estiró el cuello hacia el cielo, esta vez sin vergüenza. Lo sintió diferente: liviano, suyo, valioso.
—Quizás —dijo en voz baja— no necesito ser igual a los demás para pertenecer aquí.
—No —respondió Quelina con una sonrisa—. Solo necesitas ser tú.
Lo que te hace diferente no te separa del mundo; es el regalo especial que solo tú puedes ofrecer.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija qué tiene él o ella que nadie más tiene, algo que lo haga especial (puede ser una risa, una habilidad, una forma de ser). Paso 2: Juntos dibujen en un papel la silueta de un animal inventado y decidan qué parte especial tiene ese animal y para qué le sirve. Paso 3: Comparte tú también algo tuyo que te hace único o única, para que el niño vea que todos tenemos algo valioso que ofrecer.
