n el arroyo más brillante del Valle Esmeralda vivía Río, un pececito de escamas color turquesa con una cola que brillaba como el sol en el agua. Río era gracioso, divertido y muy bueno contando chistes. Pero había algo que Río nunca hacía: nadar solo.
Cada vez que sus amigos se lanzaban a jugar entre las piedras y las corrientes, Río se quedaba quieto cerca de la orilla, moviendo apenas las aletas.
—¿Por qué no nadas con nosotros? —le preguntó Quelina un día, sentada en su piedra favorita junto al arroyo.
Río bajó la cabeza y suspiró, haciendo pequeñas burbujas.
—¿Y si me sale mal? —dijo en voz muy bajita—. ¿Y si me hundo o giro para el lado equivocado? Todos me van a ver.
Quelina lo escuchó con mucha atención. Sus espirales doradas brillaron un momento, suaves y cálidas.
—¿Sabes qué? —dijo ella—. Yo tampoco sabía caminar bien cuando era muy pequeña. Me caía todo el tiempo.
Río la miró sorprendido.
—¿De verdad? ¿Tú también te caías?
—Muchas veces —respondió Quelina con una sonrisa—. Y cada vez que me levantaba, aprendía algo nuevo. Por eso mis espirales brillan: porque aprendí de mis tropiezos.
Río pensó en eso un momento. Luego miró el agua y tragó saliva.
—Pero... ¿y si me sale horrible?
—Entonces habrás intentado —dijo Quelina—. Y eso ya es algo muy valiente.
Río respiró profundo. Movió una aleta. Luego la otra. Se alejó un poco de la orilla y... ¡empezó a nadar! Al principio fue chueco y un poco raro, y casi chocó con una piedra. Pero siguió. Y poco a poco, sus aletas encontraron el ritmo del agua.
Lumo, que pasaba volando con su luz encendida, lo vio y gritó emocionado:
—¡Río está nadando! ¡Míralo!
Río giró, saltó una ola pequeña y rio tan fuerte que el arroyo pareció reírse también.
—¡No fue perfecto! —dijo entre carcajadas—. ¡Pero lo hice!
Quelina aplaudió desde su piedra, y las espirales de su caparazón brillaron con una luz dorada tan bonita que iluminó todo el arroyo por un instante.
—Lo mejor de intentarlo —dijo ella— es que cuando terminas, ya sabes más que antes.
Esa tarde, Río nadó durante horas. A veces bien, a veces chistoso, siempre feliz. Y cada vez que se equivocaba, en lugar de detenerse, sonreía y volvía a intentarlo.
Porque había aprendido algo que valía más que nadar perfecto: que el miedo a fallar es más grande cuando está adentro que cuando lo enfrentas.
Intentarlo, aunque salga chueco, siempre enseña más que quedarse quieto con miedo.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija si alguna vez tuvo miedo de intentar algo nuevo, y cuéntale tú también una vez en que te equivocaste y aprendiste de eso. Paso 2: Juntos, piensen en algo pequeño que el niño quiera intentar pero que le dé un poco de miedo, como saltar en un pie, dibujar un animal o aprender una canción. Paso 3: Inténtenlo juntos sin preocuparse por hacerlo perfecto, celebren cada intento con un aplauso y conversen sobre cómo se sintieron al animarse.
