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Quelina

El día que Mara no pudo dibujar absolutamente nada

bloqueo creativo

sa mañana, Mara se sentó frente a su hoja de pétalos más grande y tomó su ramita favorita, la que usaba siempre para dibujar. Respiró profundo. Cerró los ojos. Los abrió de nuevo.

Nada.

No llegó ninguna mariposa de ideas. No apareció ningún color en su mente. La hoja seguía blanca, tan blanca como la niebla del amanecer, y Mara no sabía qué hacer con eso.

Intenló dibujar un sol. Borró. Intentó dibujar una flor. Borró otra vez. Cada línea que trazaba le parecía fea, equivocada, rara. Entonces lanzó la ramita al suelo y se tapó la cara con las alas.

—No puedo dibujar nada —susurró—. Creo que perdí mi imaginación para siempre.

Quelina, que pasaba por ahí cargando unas semillas, escuchó esas palabras y se acercó despacio.

—¿Qué pasó, Mara?

—Que ya no dibujar —respondió Mara con la voz apagada—. Antes se me ocurrían miles de ideas. Hoy no se me ocurre absolutamente ninguna. Creo que se fueron y no van a volver.

Quelina miró la hoja en blanco. Luego miró a su amiga. Y entonces preguntó algo que Mara no esperaba:

—¿Cuándo fue la última vez que solo miraste el Valle sin hacer nada?

Mara frunció el ceño. Pensó. Y pensó un poco más.

—No recuerdo —admitió.

—Ven conmigo —dijo Quelina con una sonrisa suave.

Caminaron juntas hasta la orilla del río, donde el agua cantaba entre las piedras. Se sentaron en el pasto y Quelina no dijo nada más. Solo cerró los ojos y escuchó.

Mara la observó un momento, confundida. Pero poco a poco, también cerró los ojos.

Escuchó el agua. Sintió el viento en sus alas. Olió las flores del prado. Y entonces, sin buscarla, una imagen apareció en su mente: una pequeña ola bailando sobre una piedra brillante.

Abrió los ojos de golpe.

—¡Quiero dibujar esa ola! —exclamó.

Corrió de vuelta a su hoja de pétalos, tomó la ramita y empezó a trazar. Esta vez, su mano se movía sola, liviana y feliz.

Quelina la vio desde lejos y sintió algo cálido por dentro. Las espirales de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como siempre que aprendía algo importante.

Cuando Mara terminó su dibujo, lo levantó con orgullo. Era una ola pequeña, llena de vida y movimiento.

—¿Lo ves? —dijo Quelina acercándose—. Tu imaginación nunca se fue. Solo estaba cansada y necesitaba descansar un rato para llenarse de cosas nuevas.

Mara miró su dibujo, luego miró el río, y sonrió.

—Entonces cuando no se me ocurre nada... ¿lo mejor es parar?

—A veces —respondió Quelina—. A veces crear también significa detenerse a mirar el mundo.

Y esa tarde, Mara dibujó más cosas que nunca. Porque había aprendido que el silencio y la pausa no son enemigos de la creatividad. Son sus mejores amigas.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cuando la imaginación necesita descanso, el mejor lápiz que existe es aprender a observar el mundo con calma.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos en un lugar tranquilo de la casa o al aire libre y cierren los ojos durante un minuto, escuchando todos los sonidos a su alrededor. Paso 2: Cada uno dice en voz alta una sola cosa que imaginó o sintió durante ese minuto de silencio. Paso 3: Dibujen o garabateen libremente lo que imaginaron, sin preocuparse por si queda bonito o no.

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El día que Mara no pudo dibujar absolutamente nada
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