n el Valle Esmeralda había una roca blanca, grande y lisa como la palma de una mano gigante. Todos la llamaban la Roca del Recuerdo, porque decían que algún día alguien pintaría en ella algo hermoso.
Un día de primavera, Quelina miró la roca y sintió un cosquilleo en el pecho.
—¡Podríamos pintar un mural! —exclamó—. Uno que cuente la historia de nuestro valle.
Mara batió sus alas de colores con emoción. Pino erizó suavemente sus púas, que era su manera de sonreír. Y Lumo brilló un instante en el aire.
—¡Sí! —dijeron los tres al mismo tiempo.
Pero cuando se colocaron frente a la roca con sus pinceles hechos de ramitas y sus pinturas de tierra y flores molidas, nadie se movió.
La roca era muy blanca. Y muy grande. Y estaba muy... vacía.
—¿Tú primero? —le dijo Mara a Quelina.
—¿Yo? —respondió Quelina, y tragó saliva—. Mejor tú, que vuelas muy alto y ves todo el valle desde arriba.
Mara sacudió la cabeza. Pino miró sus pies. Lumo se apagó un poco.
—¿Y si lo hacemos mal? —susurró Pino—. ¿Y si queda feo?
Quelina sintió que algo pesado le caía en el estómago. Ella también tenía ese miedo. La roca seguía esperando, blanca y silenciosa, y eso la hacía sentir más y más pequeña.
Decidió caminar hasta el Gran Roble Sabio a buscar consejo.
El viejo árbol escuchó todo con paciencia. Luego dijo con su voz de madera y viento:
—Quelina, ¿alguna vez has visto nacer el sol?
—Sí —respondió ella.
—¿Comienza con todo su brillo de golpe?
Quelina pensó. El sol siempre empezaba como una rayita anaranjada, apenas visible, antes de llenarlo todo de luz.
—No —dijo despacio—. Empieza pequeñito.
—Las grandes cosas —dijo el Roble— siempre empiezan con un trazo pequeño. No con el trazo perfecto. Con el primero.
Quelina regresó corriendo al valle. Se plantó frente a la roca, cerró los ojos un segundo, y pintó una línea curva, verde, como las colinas del valle.
No era perfecta. Era un poco torcida.
Pero era real.
Mara soltó un gritito de alegría y pintó una mariposa azul junto a la colina. Pino dibujó un árbol con muchas ramas. Lumo hizo puntitos dorados que parecían estrellas o luciérnagas, nadie estaba seguro, y eso era lo más bonito de todo.
Cuando el sol empezó a bajar, el mural contaba una historia: colinas verdes, criaturas felices y un cielo lleno de luz.
No era perfecto. Era mejor que eso: era de ellos.
Las espirales del caparazón de Quelina brillaron suave y cálidamente, como si el valle entero estuviera orgulloso.
—Creo que el secreto —dijo Quelina mirando el mural— no era saber cómo empezar. Era animarse a empezar.
No existe el trazo perfecto, solo el valiente: el primero.
1. Doblen una hoja en blanco y pregúntenle al niño qué historia le gustaría dibujar, sin importar si sabe dibujar bien o no. 2. Pídale que haga el primer trazo con los ojos cerrados, lo que salga, y luego conversen sobre qué forma o historia puede nacer de esa línea. 3. Terminen el dibujo juntos, celebrando cada trazo como parte de algo especial que crearon en equipo.
