n el Valle Esmeralda, entre raíces suaves y flores color miel, vivía una ardilla llamada Lila que amaba las palabras.
Lila soñaba con escribir un cuento maravilloso. Todas las mañanas se sentaba bajo su árbol favorito con una hoja grande y una ramita de tinta, y comenzaba a escribir. Pero siempre ocurría lo mismo.
—Érase una vez una estrella que... —escribía. Luego fruncía el ceño—. No, eso es muy aburrido.
Borraba. Empezaba otra vez.
—En un bosque muy lejano vivía una... —Sacudía la cabeza—. Eso tampoco está bien.
Borraba de nuevo. Y así pasaban las horas, y la hoja quedaba siempre vacía.
Esa tarde, Quelina pasó caminando por allí con su amiga Mara, la mariposa de alas color naranja.
—Hola, Lila —dijo Quelina—. ¿Qué estás haciendo?
—Intentando escribir un cuento —respondió Lila con voz triste—. Pero todo lo que escribo es horrible. No sirve para nada.
Mara se posó suavemente sobre la hoja vacía.
—¿Puedo ver lo que escribiste?
—No hay nada que ver —suspiró Lila—. Lo borré todo.
Quelina miró la hoja en silencio. Luego preguntó con calma:
—Lila, ¿quién te dijo que tus palabras eran horribles?
Lila abrió la boca y la cerró. Pensó un momento.
—Nadie —admitió—. Lo pienso yo.
—Entonces —dijo Quelina— tal vez esa voz que borra tus palabras no siempre tiene razón.
Mara revoloteó con alegría.
—¡Yo también cometo errores cuando vuelo! A veces me tambaleo, a veces el viento me lleva para el lado equivocado. Pero igual sigo volando.
Lila miró su ramita de tinta. Luego miró la hoja vacía. Tomó aire.
—¿Y si escribo algo feo?
—Las historias feas también son historias —dijo Quelina con una sonrisa—. Y además, nadie empieza sabiendo hacerlo perfecto.
Lila apretó la ramita con sus pequeñas manos. Y escribió:
—Érase una vez una ardilla que tenía miedo de escribir. Y un día, escribió de todos modos.
Se detuvo. Esperó el impulso de borrar. Pero esta vez no borró.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como si el Valle entero supiera que algo importante acababa de suceder.
—Es un buen comienzo —dijo Mara, emocionada.
—Es un comienzo —corrigió Lila, sonriendo por primera vez en todo el día—. Y eso ya es algo.
Esa noche, Lila llenó tres hojas enteras. No todas las palabras eran perfectas. Pero todas eran suyas. Y eso, descubrió, era más que suficiente.
Crear algo imperfecto es siempre más valioso que no crear nada por miedo a equivocarse.
Paso 1: Pídele a tu hijo o hija que invente el inicio de una historia con solo dos oraciones, sin pensar demasiado ni borrar nada. Paso 2: Léanla juntos en voz alta exactamente como quedó, con emoción y respeto. Paso 3: Pregúntale cómo se sintió al escucharla y celebren juntos que esa historia existe gracias a su valentía.
