na noche tibia en el Valle Esmeralda, Lumo estaba muy feliz. Había aprendido a brillar más fuerte que nunca, y su luz dorada iluminaba los pétalos de las flores, los charcos de agua y hasta las piedritas del camino.
—¡Miren qué bonito brillo! —gritó Lumo, volando de un lado al otro.
Quelina, su amiga la tortuga, lo miraba desde su rincón favorito junto al Gran Roble Sabio. Ella también pensaba que la luz de Lumo era preciosa. Pero esa noche, Lumo se quedó cerca de ella durante mucho, mucho tiempo.
La luz entraba por todos lados. Era como si el sol nunca se hubiera ido.
Quelina intentó cerrar los ojos. Nada. Intentó taparse con una hoja grande. Tampoco funcionó. Cuando por fin amaneció, Quelina tenía los ojos cansados y el corazón un poco triste.
—Lumo —dijo Quelina en voz suave—, anoche no pude dormir nada.
Lumo parpadeó sorprendido.
—¿Por qué no? ¡Mi luz es bonita!
—Sí, es muy bonita —respondió Quelina con calma—. Pero cuando estás brillando justo a mi lado toda la noche, no puedo descansar. Necesito oscuridad para dormir.
Lumo frunció sus pequeñas antenas. No lo había pensado así. Para él, brillar era lo mejor del mundo. ¿Cómo podía molestar algo tan maravilloso?
Justo en ese momento, el Gran Roble Sabio dejó caer una bellota suavemente.
—Lumo —dijo el Roble con su voz lenta y tranquila—, ¿recuerdas aquella tarde en que Pino, sin querer, sacudió sus espinas cerca de ti?
—Sí —dijo Lumo—. Me asusté mucho. Pino decía que sus espinas eran bonitas, pero yo sentí miedo de todas formas.
—Exacto —dijo el Roble—. Lo que a uno le parece maravilloso puede sentirse diferente para otro. Eso no significa que algo esté mal. Solo significa que cada uno siente las cosas a su manera.
Lumo se quedó en silencio. Pensó en cómo se había sentido con las espinas de Pino. Luego pensó en Quelina, sola en la oscuridad… que no era oscuridad, sino luz brillante toda la noche.
—Oh —dijo Lumo en voz bajita—. Ahora entiendo.
Se acercó a Quelina y posó una patita diminuta sobre su caparazón.
—Lo siento, Quelina. No pensé en cómo te sentías tú. Solo pensé en lo feliz que yo estaba.
Quelina sonrió, y en ese instante las espirales doradas de su caparazón brillaron suavecito, como siempre lo hacían cuando algo importante se aprendía.
—Gracias, Lumo —dijo ella—. Y esta noche, ¿podrías brillar un poquito más lejos?
—¡Claro que sí! —respondió Lumo, y su luz parpadeó alegre.
Esa noche, Quelina durmió muy bien. Y Lumo iluminó el lago desde lejos, feliz de saber que su luz podía ser un regalo cuando la usaba pensando también en los demás.
Ponerse en el lugar del otro es la forma más bonita de cuidar a quienes queremos.
Paso 1: Pregunta a tu hijo o hija: '¿Alguna vez algo que a ti te gusta mucho molestó a otra persona sin querer?' Escucha su respuesta con calma y sin juzgar. Paso 2: Juntos, piensen en cómo se habrá sentido esa otra persona y qué palabras podrían decirle para mostrarle que la entienden. Paso 3: Practiquen decir esas palabras en voz alta, mirándose a los ojos, como si se las dijeran de verdad a alguien.
