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Quelina

Frente al Valle entero: la voz de la rana Lila

hablar ante clase

n el Valle Esmeralda había llegado el Día de las Voces, una celebración en la que cada animal compartía algo especial frente a todos los demás. Podía ser una canción, un cuento o simplemente algo que hubieran aprendido. Era un día hermoso, pero para Lila, la pequeña rana verde de ojos dorados, era el día más aterrador del año.

Lila se había escondido detrás del tronco del Gran Roble Sabio, abrazando sus propias rodillas. Tenía preparado un poema sobre las estrellas que ella misma había escrito, pero cada vez que imaginaba a todos mirándola, sus palabras se enredaban en la garganta y su corazón saltaba más fuerte que ella misma.

—¿Estás bien? —preguntó una voz suave.

Era Quelina, que caminaba despacio con su caparazón brillando bajo el sol de la mañana.

—No puedo hacerlo —susurró Lila—. Cuando pienso en pararme allá, frente a todos, mis palabras se van. Desaparecen. Como si nunca hubieran existido.

Quelina se sentó junto a ella sin apuro.

—¿Puedes decirme tu poema ahora, solo a mí?

Lila la miró dudando. Luego, muy bajito, comenzó a recitar. Sus palabras salieron tímidas al principio, como gotitas de lluvia, pero después fluyeron claras y hermosas. Hablaba de estrellas que caen al agua y se convierten en luciérnagas. Era un poema precioso.

Cuando terminó, Quelina sonrió.

—Tus palabras no desaparecieron, Lila. Estaban aquí todo el tiempo.

En ese momento llegó Mara revoloteando con sus alas de colores.

—¡Lila! ¡Yo también tenía miedo la primera vez que hablé frente al Valle! —dijo posándose suavemente sobre una raíz—. Me temblaban las alas. Pero respiré hondo tres veces y pensé en una sola cosa: lo que quería compartir, no en quién me miraba.

Lila repitió esas palabras en silencio: lo que quiero compartir, no quién me mira.

—¿Quieres intentarlo así? —preguntó Quelina—. Cierra los ojos, respira, y cuando los abras, solo piensa en tus estrellas.

Lila asintió despacio. Cerró los ojos. Respiró una vez, dos veces, tres veces. Sintió el aire del Valle llenando su pecho pequeño.

Cuando llegó su turno, Lila subió a la piedra redonda que servía de escenario. Sus rodillas temblaban un poco. Buscó con la mirada a Quelina entre el público, y Quelina le dio un pequeño gesto con la cabeza.

Lila cerró los ojos un instante. Respiró. Pensó en sus estrellas.

Y entonces habló.

Su voz salió clara, como el agua del río en verano. Las palabras llegaron solas, una tras otra, sin perderse. Cuando terminó, el Valle Esmeralda estalló en aplausos y croares y aleteos de alegría.

Lila bajó de la piedra con el corazón latiendo fuerte, pero esta vez de algo diferente. No era miedo. Era orgullo.

Quelina la esperaba con una sonrisa. Las espirales de su caparazón brillaron suavemente con un destello dorado, porque había aprendido algo importante: a veces, ayudar a otro a encontrar su voz también ilumina la propia.

💛 QUELINA NOS DICE...

Tu voz no desaparece cuando tienes miedo; solo necesita que respires y confíes en ella.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pide a tu hijo o hija que piense en algo que le guste mucho, puede ser un animal, un lugar o algo que haya aprendido. Paso 2: Practiquen juntos: primero el niño te lo cuenta solo a ti, en voz bajita, como Lila con Quelina. Paso 3: Cuando se sienta listo, invítenlo a contárselo a otro familiar o amigo, recordándole que respire tres veces antes de comenzar y que piense en lo que quiere compartir, no en quién lo escucha.

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Frente al Valle entero: la voz de la rana Lila
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