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Quelina

La carta de Quelina cruzó el río más grande

comunicacion distancia

abía llegado el otoño al Valle Esmeralda, y las hojas de los árboles comenzaban a pintarse de naranja y amarillo. Quelina estaba sentada junto al río grande, mirando el agua sin decir nada.

Río, el pez plateado, asomó su cabeza entre las olas suaves y la observó con curiosidad.

—¿Qué te pasa, Quelina? Hoy tienes los ojos tristes —dijo Río.

Quelina suspiró profundo.

—Extraño mucho a la abuela Torta. Ella vive al otro lado del río grande, muy lejos, y hace mucho tiempo que no la veo. Hay tantas cosas que quiero contarle... pero no cómo llegar hasta ella.

Río movió la cola despacio, pensando.

—Yo conozco cada rincón de este río —dijo con voz amable—. Y te digo algo: el agua llega a todas partes. ¿Por qué no le escribes una carta? Yo puedo ayudarte a enviarla.

Quelina arrugó la nariz.

—¿Yo? ¿Escribir una carta? Nunca lo he hecho antes.

—Las cartas no tienen que ser perfectas —dijo Río—. Solo tienen que ser verdaderas.

Quelina regresó a casa, tomó una hoja grande y plana de árbol de magnolia, y buscó una ramita con punta fina. Se sentó muy quieta y comenzó a pensar en su abuela Torta: en su voz suave, en cómo olía a hierba fresca, en los cuentos que le contaba antes de dormir.

Y entonces escribió.

Escribió que la extrañaba cuando llovía. Que había aprendido a nadar con Río. Que Pino el puercoespín le había enseñado a no tener miedo de sus propias espinas. Que Lumo brillaba tanto en las noches oscuras que ya no le daba miedo la oscuridad. Que Mara le había dicho que cambiar no era perder, sino crecer.

Escribió también que a veces se sentía sola aunque estuviera rodeada de amigos. Y que cuando eso pasaba, pensaba en la abuela Torta y se sentía un poco mejor.

Cuando terminó, dobló la hoja con mucho cuidado y se la llevó a Río.

—¿De verdad puede cruzar el río más grande? —preguntó Quelina, apretando la carta contra su caparazón.

—Las palabras verdaderas siempre encuentran el camino —respondió Río con una sonrisa.

Río tomó la carta delicadamente entre sus aletas y comenzó a nadar río abajo, pasando entre piedras, bajo puentes de ramas y junto a flores que flotaban en el agua.

Quelina lo vio alejarse. Y en ese momento, algo brilló en su caparazón: las espirales doradas resplandecieron suavemente bajo el sol de otoño.

No porque la abuela ya hubiera recibido la carta. Sino porque Quelina había aprendido algo importante: cuando sentimos algo muy grande por dentro, nombrarlo y enviarlo al mundo ya es una forma de amor.

Algunos días después, Río regresó trayendo una hoja doblada en cuatro. Era una carta de la abuela Torta. Olía a hierba fresca.

Quelina la abrió despacio, y mientras leía, sonrió tanto que hasta las hojas de los árboles parecieron moverse de alegría.

La distancia seguía siendo grande. Pero ya no se sentía tan lejos.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cuando ponemos en palabras lo que sentimos y lo enviamos con amor, la distancia entre dos corazones se vuelve mucho más pequeña.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija si hay alguien a quien extraña o quiere mucho que no ve seguido. Paso 2: Juntos, doblen una hoja de papel y decoren el sobre con dibujos; luego ayúdale a escribir o dictar unas palabras para esa persona. Paso 3: Lean juntos la carta en voz alta antes de enviarla, y conversen sobre cómo se sienten al compartir lo que llevan dentro.

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