← Tomo 532 / 33
Quelina

El jardín que creció con palabras amables

lenguaje positivo

n el Valle Esmeralda había un rincón especial cerca del Gran Roble Sabio donde crecían flores de todos los colores. Ese rincón se llamaba el Jardín de las Palabras, aunque nadie sabía muy bien por qué.

Un día, Quelina llegó al jardín con cara de preocupación. Su amiga Mara, la mariposa de alas anaranjadas, revoloteó hasta posarse suavemente sobre una piedra a su lado.

—¿Qué te pasa, Quelina? —preguntó Mara con voz dulce.

—Esta mañana le dije a Pino que su manera de caminar era chistosa —confesó Quelina, mirando el suelo—. Y él se fue muy callado. No creo que le haya gustado.

Mara asintió despacio y señaló una flor pequeña que crecía justo donde Quelina estaba parada. Sus pétalos lucían un poco doblados hacia adentro, como si quisieran esconderse.

—¿Ves esta flor? —dijo Mara—. El Gran Roble Sabio me contó algo sobre este jardín. Las flores aquí sienten las palabras que decimos. Las amables las hacen crecer, y las que lastiman las hacen cerrarse.

Quelina observó la flor con atención. Luego miró a su alrededor y notó que algunas plantas brillaban abiertas y felices, mientras otras estaban encogidas y tristes.

—¿Entonces las palabras tienen ese poder? —preguntó Quelina, muy sorprendida.

—El mismo poder que tienen con las personas —respondió Mara suavemente.

Quelina se quedó en silencio un momento. Pensó en Pino, en su cara callada al alejarse. Entonces se agachó frente a la flor cerrada y dijo en voz baja:

—Lo siento. No quise lastimarte.

Nada ocurrió de inmediato. Pero Quelina no se rindió. Recordó cuánto quería a Pino, lo buen amigo que era, lo mucho que la hacía reír. Y comenzó a decirle a la flor todas esas cosas bonitas, con palabras verdaderas y cariñosas.

De a poco, muy despacio, los pétalos de la flor empezaron a abrirse. Primero uno, luego otro, hasta que la flor quedó completamente abierta, brillante y hermosa.

En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar con una luz suave y cálida.

—¡Tu caparazón! —exclamó Mara, sonriendo.

—Creo que acabo de aprender algo —dijo Quelina, sintiéndose liviana por dentro.

Esa tarde, Quelina buscó a Pino y le dijo con honestidad que lo que había dicho no estuvo bien, y que en realidad él era uno de sus mejores amigos. Pino sonrió, y su sonrisa fue tan grande que hasta Mara, que miraba desde lejos, pudo verla.

Desde ese día, Quelina empezó a pensar sus palabras antes de decirlas, no porque tuviera miedo, sino porque había entendido algo hermoso: las palabras son semillas, y con las amables, el mundo florece.

💛 QUELINA NOS DICE...

Las palabras que elegimos son semillas: las amables hacen crecer la alegría en quienes nos rodean y también en nosotros mismos.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos y piensen en tres palabras amables que podrían decirle a alguien que quieren hoy (puede ser un familiar, un amigo o incluso a sí mismos). Paso 2: Túrnense para decir esas palabras en voz alta, como si le hablaran a una flor que necesita crecer. Paso 3: Durante la semana, cada noche antes de dormir, compartan una palabra o frase amable que dijeron o escucharon ese día, y celebren juntos ese pequeño jardín de palabras que están construyendo.

← AnteriorSiguiente →
El jardín que creció con palabras amables
0:00/0:00
0.0s