sa mañana, Mara no voló.
Todas las mariposas del Valle Esmeralda revoloteaban entre las flores, pero Mara se quedó quieta sobre una piedra gris, con las alas cerradas. Quelina la vio desde lejos y caminó despacio hacia ella.
—Mara, ¿estás bien? —preguntó Quelina con voz suave.
Mara abrió un poco los ojos, pero no respondió. Por dentro, sentía algo muy grande y muy pesado, como si alguien le hubiera puesto una roca justo en el centro del pecho. Quería decir algo, pero las palabras no salían. Se quedaban atrapadas, dando vueltas, sin encontrar la puerta.
—No sé cómo explicarlo —dijo Mara al fin, con la voz muy bajita—. Siento algo aquí adentro y no sé qué nombre tiene.
Quelina se sentó a su lado. No la apuró. No le dijo que se pusiera feliz. Solo estuvo ahí, tranquila, como hacen los buenos amigos.
—Yo también me pasa a veces —dijo Quelina—. Una vez tuve algo enredado aquí adentro y no sabía si era tristeza o miedo o las dos cosas juntas.
Mara la miró sorprendida.
—¿Y cómo lo supiste?
—Le puse palabras, de a poco —respondió Quelina—. Primero dije lo que no era. Y después, lo que sí era.
Mara pensó un momento. Respiró hondo.
—No es que estoy enojada —dijo con cuidado—. Y tampoco es que me duele algo por fuera.
Quelina asintió despacio.
—¿Y qué más?
—Es que… ayer Lumo se fue a jugar con Pino y no me avisó. Y yo los esperé sola toda la tarde. —Mara hizo una pausa—. Me sentí… olvidada.
Al decir esa última palabra, algo pasó. Las alas de Mara se abrieron un poquito. La roca que tenía en el pecho se hizo más pequeña. No desapareció del todo, pero ya no era tan pesada.
—¡Eso es! —dijo Quelina con ternura—. Eso que sentiste tiene nombre: te sentiste olvidada. Y eso duele de verdad.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron suavemente, como estrellas pequeñas.
—¿Y ahora qué hago con eso? —preguntó Mara.
—Ahora puedes contárselo a Lumo —dijo Quelina—. No para regañarlo. Solo para que sepa cómo te sentiste. Los amigos no pueden adivinar lo que llevamos por dentro si no les decimos.
Mara pensó en eso. Era un poco difícil. Pero también era lo que necesitaba.
Esa tarde, Mara buscó a Lumo cerca del arroyo y le dijo, con voz tranquila: —Ayer me sentí olvidada cuando se fueron sin avisarme.
Lumo abrió mucho los ojos. —No lo sabía, Mara. Lo siento mucho. No quise hacerte sentir así.
Y entonces Mara volvió a volar. No porque todo estuviera perfecto, sino porque su corazón ya había encontrado la salida.
Cuando ponemos palabras a lo que sentimos, el corazón respira.
Paso 1: Siéntense juntos en un lugar tranquilo y pídanle al niño que dibuje con su dedo en el aire la forma de cómo siente su corazón hoy: ¿grande, pequeño, apretado, liviano? Paso 2: Túrnense para completar la frase: 'Hoy mi corazón se siente _______ porque _______.' El adulto va primero para mostrar que los grandes también sienten. Paso 3: Abrácense y digan juntos: 'Gracias por contarme lo que llevas adentro.'
