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Quelina

El amanecer de Quelina: el principio del fin

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sa mañana, Quelina abrió los ojos antes de que el sol se asomara por las montañas.

No supo bien por qué. Solo sintió algo tibio y suave dentro del pecho, como cuando se abraza una cobija en invierno. Se asomó a la entrada de su cueva y vio el cielo pintado de morado y naranja, despidiéndose de la noche.

—Es el amanecer más bonito que recuerdo —susurró.

Desde una rama cercana, una lucecita parpadeó.

—Yo también lo vi —dijo Lumo, bajando lentamente hasta posarse sobre una piedra redonda—. Llevo un rato mirándolo. Creo que hoy es un día especial.

Quelina asintió, aunque no sabía bien por qué lo creía así.

Poco a poco, el Valle Esmeralda fue despertando. Pino llegó caminando despacio, con una flor silvestre en la mano. Mara bajó del aire dando vueltas suaves. Y desde el arroyo, Río sacó la cabeza y los saludó con la cola.

Todos se reunieron bajo el Gran Roble Sabio, como tantas veces antes.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Pino, mirando alrededor.

—No lo —respondió Quelina—. Pero siento que era necesario.

El Gran Roble Sabio crujió suavemente, como si respirara. Una de sus ramas se inclinó apenas, rozando el caparazón de Quelina. En ese instante, las espirales doradas comenzaron a brillar, más cálidas que nunca.

—Creo que el Valle nos está diciendo algo —dijo Mara, con los ojos bien abiertos.

Quelina miró a cada uno de sus amigos. Recordó a Lumo enseñándole que la luz propia no se apaga. Recordó a Pino mostrándole que las diferencias no asustan. Recordó a Mara diciéndole que cambiar es parte de crecer. Y a Río, que le enseñó a ir con la corriente sin perderse a misma.

Y entonces lo entendió.

—Todo lo que vivimos juntos... no se va a ir —dijo Quelina, con voz tranquila—. Lo llevamos adentro. Por eso el corazón se siente tan lleno esta mañana.

Lumo brilló con fuerza. Pino la abrazó con cuidado. Mara revoloteó sobre su cabeza. Río saltó una vez en el agua, feliz.

El sol terminó de salir, bañando el Valle con una luz dorada que lo tocaba todo.

Quelina respiró profundo y sonrió. No era una despedida. Era algo mucho más bonito: era el momento en que uno sabe que está listo para seguir.

—¿Y ahora qué? —preguntó Lumo.

Quelina miró el horizonte luminoso y respondió:

—Ahora empezamos de nuevo.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cada final que vivimos con amor se convierte en el comienzo más valiente de nuestra historia.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

1. Siéntense juntos en un lugar tranquilo y pidan al niño que cierre los ojos un momento para pensar en algo bonito que vivió este año. 2. Túrnense para compartir en voz alta ese recuerdo especial y digan por qué lo guardan en el corazón. 3. Cada uno dibuje con los dedos en la palma de la mano del otro una espiral, como la de Quelina, para recordar que todo lo aprendido con amor siempre nos acompaña.

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