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Quelina

El pez Río y las aguas que no mienten

autoestima baja

na mañana, Quelina caminaba despacio por la orilla del río cuando escuchó un sonido extraño. No era el canto de los pájaros ni el susurro del viento entre las hojas. Era un sollozo pequeñito que venía del agua.

Se asomó con cuidado y vio a Río, su amigo el pez, flotando muy quieto, con las aletas caídas.

—Río, ¿qué te pasa? —preguntó Quelina con voz suave.

—Nada —dijo Río, mirando hacia abajo—. Es que... Lumo ilumina la noche entera. Pino tiene púas que lo protegen de todo. Mara tiene alas de mil colores. Y yo... yo solo soy un pez que nada. No tengo nada especial.

Quelina no respondió de inmediato. Se sentó en una piedra y pensó un momento.

—Ven conmigo —dijo al fin—. Quiero mostrarte algo.

Río la siguió nadando río adentro, hasta llegar a una parte donde el agua estaba muy tranquila, casi como un espejo.

—Mira —dijo Quelina señalando la superficie.

Río miró hacia abajo y vio su propio reflejo. Sus escamas brillaban con destellos plateados y azules. Sus ojos eran grandes y claros como el cielo.

—El agua nunca miente —dijo Quelina—. ¿Qué ves?

—Me veo a —murmuró Río, un poco sorprendido.

—¿Y recuerdas cuando Lumo se perdió en la tormenta? ¿Quién conocía cada curva del río y lo guió de regreso a casa?

Río levantó la cabeza.

—Yo... fui yo.

—¿Y quién le enseñó a Pino a nadar el verano pasado, con mucha paciencia y sin reírse ni una vez cuando se hundía?

—También fui yo —dijo Río, esta vez un poco más fuerte.

—¿Y quién lleva las semillas de flor de un lado al otro del río para que Mara pueda encontrarlas?

Río guardó silencio. Nunca había pensado en todo eso junto.

—Tú nadas —dijo Quelina—, sí. Pero también cuidas, guías y ayudas. Eso no lo hace cualquiera, Río.

El pequeño pez volvió a mirar el agua. Su reflejo seguía ahí, igual que antes, pero ahora lo veía diferente. Lo veía de verdad.

En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavecito, como si el Valle entero supiera que algo importante acababa de ocurrir.

—Gracias, Quelina —dijo Río, y esta vez sus aletas se movieron con fuerza, dibujando pequeños círculos en el agua.

—No me agradezcas a —respondió ella con una sonrisa—. El agua solo mostró lo que ya estaba ahí.

Y juntos regresaron al Valle Esmeralda, donde el sol calentaba el río y hacía brillar, con igual fuerza, cada escama plateada de un pez muy especial llamado Río.

💛 QUELINA NOS DICE...

Lo que eres ya es suficiente, y a veces solo necesitas detenerte a mirarte con ojos tranquilos.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

1. Siéntense juntos frente a un espejo y pídale a su hijo o hija que diga una cosa que le gusta de sí mismo, puede ser algo que hace bien, algo de su cuerpo o algo de su corazón. 2. Turnen el momento: el adulto también comparte una cosa que le gusta de sí mismo, modelando con naturalidad la autoestima. 3. Abrázcense y digan juntos en voz alta: 'Lo que soy ya es especial.'

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El pez Río y las aguas que no mienten
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