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Quelina

Cuando Pino se convirtió en volcán de espinas

enojo descontrolado

ra una mañana brillante en el Valle Esmeralda cuando Pino salió de su madriguera con el pie izquierdo.

Primero, tropezó con una raíz y se cayó. Luego, su desayuno de bayas rodó colina abajo. Y para colmo, una nube tapó el sol justo cuando quería calentarse.

—¡Todo está mal hoy! —gruñó Pino, y sus espinas empezaron a erizarse un poquito.

Cuando llegó al prado donde jugaban sus amigos, Mara revoloteaba feliz cerca de las flores.

—¡Buenos días, Pino! ¿Jugamos a saltar charcos? —preguntó Mara con su voz suave como el viento.

—¡No quiero jugar! ¡Déjame en paz! —gritó Pino.

Sus espinas se erizaron más, y sin querer, ¡PUM!, algunas saltaron disparadas. Mara apenas pudo alejarse volando.

—Pino... —dijo Mara con tristeza, y se fue lejos.

Pino se quedó solo. Por dentro sentía algo caliente, algo que apretaba y apretaba como si quisiera salir. No sabía cómo pararlo.

Quelina, que había visto todo desde su piedra favorita, caminó despacio hacia él.

—Hola, Pino —dijo Quelina con voz tranquila—. Pareces un volcán a punto de explotar.

—¡Sí! ¡Porque todo estuvo horrible hoy! —respondió Pino, y sus espinas temblaron.

Quelina asintió con calma.

—Cuando me enojo mucho, me meto en mi caparazón un momento —dijo ella—. Allí adentro respiro y siento dónde está ese calor tan grande.

—¿Y eso sirve? —preguntó Pino, curioso a pesar de su enojo.

—Prueba conmigo —dijo Quelina—. Cierra los ojos. Respira despacio: adentro... y afuera. ¿Dónde sientes ese volcán en tu cuerpo?

Pino cerró los ojos. Respiró una vez. Y otra.

—Aquí —dijo al fin, poniendo una patita en su panza—. Está aquí, apretado.

—Eso es el enojo —explicó Quelina suavemente—. No es malo sentirlo. Pero podemos avisarle antes de que explote solo.

Pino respiró una vez más. Las espinas bajaron, despacio, despacio, como árboles que dejan de moverse cuando el viento se calma.

—Me siento mejor —dijo Pino, sorprendido.

Las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron suavecito, como pequeñas estrellas de mañana.

Pino buscó a Mara entre las flores y le dijo:

—Lo siento, Mara. Estaba muy enojado y no supe parar a tiempo.

Mara sonrió y volvió a su lado.

Esa tarde, los tres amigos saltaron charcos juntos. Y cada vez que Pino sentía ese calor apretado por dentro, cerraba los ojos, respiraba, y le decía al volcán: —Ya que estás ahí. Pero hoy no vas a explotar solo.

💛 QUELINA NOS DICE...

El enojo es una señal, no una orden; cuando lo reconocemos a tiempo, podemos elegir cómo actuar.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pregunta a tu hijo o hija: '¿Dónde sientes el enojo en tu cuerpo?' y señalen juntos ese lugar con una mano. Paso 2: Practiquen juntos la respiración de tortuga: inhalen contando hasta tres y exhalen contando hasta tres, imaginando que se meten en su caparazón. Paso 3: Inventen juntos un nombre divertido para el enojo de su cuerpo, como 'el volcancito', para que sea más fácil reconocerlo y nombrarlo la próxima vez.

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Cuando Pino se convirtió en volcán de espinas
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