sa mañana, Quelina se despertó muy emocionada. Ella y sus amigos habían planeado ir al Prado de las Flores Amarillas a jugar todo el día. Pero cuando asomó su cabecita por la puerta de su casita de piedra, vio algo que no esperaba.
Lluvia. Mucha lluvia.
Las gotitas caían sobre las hojas, sobre los hongos rojos y sobre el camino de tierra. Quelina suspiró y se sentó junto a la puerta a mirar el agua caer.
Poco después llegó Pino, el puercoespín, con las púas un poco mojadas y los ojos caídos.
—Quelina, ¿qué hacemos ahora? Nuestro día especial se arruinó —dijo Pino con voz triste.
Quelina no respondió enseguida. Estaba mirando una gotita que caía de una hoja y hacía un pequeño círculo en un charco. Luego otra gotita. Y otra. Todos los círculos eran distintos y brillantes.
—¡Mira eso, Pino! —dijo Quelina señalando los charcos—. Parecen espejos redondos en el suelo.
Pino miró. Y entonces, sin saber muy bien por qué, sonrió.
En ese momento llegó Mara, la mariposa, refugiada bajo un pétalo grande que usaba como sombrilla.
—Vine a decirles que lo siento. La lluvia arruinó nuestros planes —dijo Mara.
—¿Arruinó? —preguntó Quelina con curiosidad—. ¿O cambió?
Mara y Pino se miraron. No entendían muy bien la diferencia.
Quelina salió despacio de su casita y puso una patita en el charco más cercano. El agua fría le hizo cosquillas. Se rio. Luego puso otra patita. Y otra.
—¡El agua hace cosquillas! —gritó entre risas.
Pino, sin pensarlo mucho, metió también una pata. Y luego saltó con las cuatro. ¡SPLAAASH! El agua voló por todos lados.
—¡Otra vez! —pidió Mara riendo, mientras se mojaba las alitas sin importarle nada.
Y así comenzó la fiesta. Saltaron en charcos, cantaron con el sonido de la lluvia, recogieron gotas en las palmas de sus manos y las dejaron caer como pequeñas cascadas.
Desde el río, asomó la cabeza Río, el pez, con una gran sonrisa.
—¡Yo siempre vivo en el agua y nunca me había dado cuenta de que ustedes también podían disfrutarla! —dijo encantado.
Cuando la lluvia paró, el Valle Esmeralda brillaba más verde que nunca. Quelina miró a sus amigos empapados y felices, y sintió algo tibio y redondo dentro de su pecho. Era una alegría tranquila, sencilla, sin nombre complicado.
Y en ese momento, las espirales doradas de su caparazón brillaron suavecito, como lucecitas de buenas noches.
—Aprendí algo hoy —dijo Quelina en voz baja.
—¿Qué? —preguntó Pino sacudiéndose el agua de las púas.
—Que a veces la alegría no estaba en los planes. Estaba esperando en los charcos.
La alegría más dulce a veces llega sin avisar, escondida justo donde menos la esperabas.
Paso 1: Pregunta a tu hijo o hija si alguna vez algo cambió sus planes y resultó divertido de todas formas. Escucha su historia con atención. Paso 2: Juntos, hagan una lista con los dedos de tres cosas pequeñas que los hacen felices sin necesitar nada especial (reírse, abrazar, escuchar la lluvia). Paso 3: La próxima vez que llueva, párense un momento a escuchar el sonido juntos y nómbralo: 'Esto es alegría simple'.
