sa noche, el Valle Esmeralda estaba muy quieto. La luna colgaba redonda y brillante sobre los árboles, y el río corría despacio, como si también quisiera descansar.
Quelina se acercó a la orilla con cuidado y asomó su cabecita hacia el agua. Allí, justo debajo de la superficie, vio a Río mirando hacia arriba.
—¿Qué miras, Río? —preguntó Quelina.
—Las estrellas —respondió Río con voz suave—. Pero yo las veo desde aquí abajo, y se ven distintas. Como si bailaran.
Quelina levantó los ojos hacia el cielo. Eran muchísimas. Pequeñas y grandes, cerca y lejos, algunas solas y otras en grupitos.
—¿Por qué brillan? —preguntó Quelina.
Río pensó un momento, moviendo sus aletas despacio.
—Yo creo —dijo Río— que cada estrella es una pregunta que alguien hizo alguna vez. Y como era una pregunta muy bonita, el cielo la guardó para siempre y la convirtió en luz.
Quelina abrió los ojos muy grandes. Le gustó mucho esa idea.
—Entonces hay muchísimas preguntas —dijo ella, contando con la mirada cuántas estrellas podía ver.
—Sí —dijo Río, sonriendo con sus ojos brillantes—. Y eso significa que el mundo está lleno de personas curiosas. Como tú.
Quelina se quedó pensando. Ella siempre tenía preguntas. ¿Por qué el viento mueve las hojas? ¿De dónde viene el olor de la lluvia? ¿Cómo saben los pájaros a dónde volar?
Antes, a veces, sentía un poco de vergüenza de preguntar tanto. Pensaba que quizás molestaba con tantas preguntas. Pero ahora, mirando ese cielo lleno de estrellas, sintió algo diferente dentro de su pecho. Algo calientito.
—¿Y tú, Quelina? —preguntó Río—. ¿Tú qué crees que son las estrellas?
Quelina pensó muy despacio, como ella siempre hacía cuando algo era importante.
—Yo creo —dijo al fin— que las estrellas son los ojos del Valle mirando hacia arriba. Para que el cielo también sepa que no está solo.
Río se quedó callado un momento. Luego hizo un pequeño salto de alegría dentro del agua.
—¡Eso es precioso, Quelina!
En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavecito, como si el Valle entero estuviera de acuerdo con ella.
Las dos amigas siguieron mirando las estrellas en silencio, cada una desde su lugar: una desde el agua, otra desde la orilla. Y aunque veían el mismo cielo de manera distinta, las dos sentían lo mismo por dentro: una curiosidad grande y cálida, como una fogata pequeña que nunca se apaga.
Y Quelina entendió, esa noche, que no hacía falta tener todas las respuestas. Lo más bonito era seguir preguntando.
Cada pregunta que haces con el corazón es una estrella nueva que enciendes en el mundo.
Paso 1: Esa noche, antes de dormir, pídele a tu hijo o hija que mire el cielo desde la ventana o al aire libre y elija una estrella favorita. Paso 2: Pregúntale: '¿Tú qué crees que son las estrellas?' Escucha su respuesta sin corregirla, con mucha atención y cariño. Paso 3: Cuéntale tu propia explicación imaginaria y luego abrázcense recordando que en su familia también hay mucho espacio para las preguntas bonitas.
