sa mañana, el cielo del Valle Esmeralda era de color durazno y miel. Quelina abrió los ojos antes de que saliera el sol y sintió algo muy extraño: por dentro estaba alegre, pero también un poquito triste. Estaba tranquila, pero también inquieta. Era como si muchos colores distintos estuvieran pintando su corazón al mismo tiempo.
—¿Qué me pasa? —susurró Quelina, sentándose despacio en la orilla del lago.
El agua estaba quieta como un espejo. En su superficie, Quelina podía ver su propio reflejo: sus ojos curiosos, su caparazón con las espirales doradas, y algo más... una expresión que no sabía muy bien cómo llamar.
De pronto, desde el fondo del lago, emergió una cabecita brillante.
—Buenos días, Quelina —dijo Río, el pequeño pez de escamas plateadas—. Te ves pensativa esta mañana.
—Estoy rara —respondió ella—. Siento cosas distintas al mismo tiempo y no entiendo cómo pueden estar todas juntas dentro de mí.
Río dio un pequeño salto y volvió al agua haciendo un círculo perfecto. Luego miró a Quelina con calma.
—¿Ves lo que hice? —preguntó Río—. Un solo salto hizo muchos círculos. No pelean entre sí. Solo se mueven juntos.
Quelina observó cómo los círculos en el agua crecían y crecían sin chocar, cada uno en su lugar, todos nacidos del mismo salto.
—Las emociones son así —continuó Río suavemente—. Pueden vivir juntas. No tienes que elegir solo una.
Quelina se quedó mirando el lago. Pensó en por qué estaba alegre: porque ese día iba a ver a Mara. Pensó en por qué estaba un poco triste: porque extrañaba los juegos de la tarde anterior. Pensó en su inquietud: porque algo nuevo estaba por comenzar. Y pensó en su calma: porque el lago y la mañana la hacían sentir segura.
—Todas son ciertas —dijo Quelina en voz baja, casi asombrada.
—Todas son tuyas —respondió Río.
En ese momento, las espirales del caparazón de Quelina comenzaron a brillar con una luz dorada y suave, como si también ellas hubieran entendido algo importante.
Quelina respiró profundo. El aire de la mañana olía a pasto húmedo y flores tempranas. Por dentro, ya no sentía confusión. Sentía todo a la vez, sí, pero ahora cada emoción tenía su nombre y su lugar, como los círculos del lago: distintos, quietos y juntos.
Cuando el sol terminó de asomarse sobre las montañas, Quelina sonrió. No porque todo fuera perfecto, sino porque ella era grande por dentro, lo suficientemente grande para cargar con todo lo que sentía.
Y eso, descubrió, era algo muy hermoso.
Sentir muchas cosas al mismo tiempo no es confusión, es la riqueza de un corazón vivo y valiente.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija cómo se siente hoy y anímalo a nombrar más de una emoción, diciéndole que está bien sentir varias cosas a la vez. Paso 2: Juntos, llenen un recipiente con agua y toquen la superficie con un dedo para ver los círculos que se forman; hablen de cómo cada círculo es diferente pero todos viven juntos sin pelear. Paso 3: Pídale que dibuje su corazón con varios colores, uno por cada emoción que siente hoy, y celebren juntos lo grande y colorido que es su mundo interior.
