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Quelina

La flor que creció entre las piedras del camino

resiliencia basica

n día, Quelina caminaba despacio por el sendero de piedras grises que bordeaba el Valle Esmeralda. No era su camino favorito. Las piedras eran grandes y estaban muy juntas, y la sombra de los árboles altos casi no dejaba pasar el sol.

De pronto, algo llamó su atención. Entre dos piedras enormes, tan apretadas que apenas cabía una hoja, había algo pequeño y rosado. Quelina se acercó, parpadeó dos veces y abrió mucho los ojos.

—¿Una flor? —susurró, asombrada.

Era una flor pequeñísima, con pétalos suaves como el algodón y un tallo delgado como un hilo. Estaba ahí, firme, aunque las piedras la apretaban por los lados y el sol casi no llegaba hasta ella.

En ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando con sus alas de colores.

—¿Qué miras, Quelina? —preguntó posándose cerca.

—Esta flor —respondió Quelina—. No entiendo cómo pudo crecer aquí. El lugar es muy difícil. No hay casi luz, las piedras son duras y el suelo es muy pequeño.

Mara dobló sus alas suavemente y miró la flor con ternura.

—Yo la he visto desde hace varios días —dijo—. Al principio era solo un brote verdecito, casi invisible. Pero cada mañana estiraba un poquito más sus hojas hacia arriba, buscando la luz. Aunque tardaba mucho en encontrarla.

Quelina se quedó pensando. Imaginó a esa pequeña semilla allá abajo, en la oscuridad, empujando con todas sus fuerzas contra las piedras. Sin rendirse. Sin irse a otro lugar más fácil. Solo seguir, seguir y seguir.

—¿Crees que la flor se puso triste cuando las piedras no la dejaban pasar? —preguntó Quelina.

—Quizás —dijo Mara con una sonrisa suave—. Pero siguió intentándolo de todas formas.

Quelina observó los pétalos rosados. Eran más brillantes que cualquier flor que hubiera visto en los rincones fáciles del valle. Como si todo ese esfuerzo le hubiera dado algo especial.

De repente, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar con una luz cálida y suave, como cuando el sol toca el agua.

—Creo que entiendo —dijo Quelina despacio—. A veces las cosas difíciles no nos rompen. Nos hacen más fuertes. Y esa fuerza se nota.

Mara asintió y agitó sus alas alegre.

Quelina se quedó un momento más junto a la flor. Le habló bajito, como si fuera una amiga.

—Gracias por no rendirte —le dijo—. Me enseñaste algo muy importante hoy.

Y la flor, con la brisa suave del valle, pareció inclinarse apenas hacia ella, como si respondiera.

Camino a casa, Quelina pisaba las piedras grises con pasos distintos. Ya no le parecían tan difíciles. Pensaba que ella también, como la flor, podía encontrar su camino aunque a veces fuera complicado.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cuando algo se pone difícil, no significa que debas rendirte; significa que estás creciendo.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Salgan juntos a caminar por el jardín, el parque o la vereda y busquen algo pequeño que haya crecido en un lugar inesperado, como una plantita entre el pavimento o una enredadera en una pared. Paso 2: Siéntense juntos y cada uno comparte algo difícil que hayan logrado hacer aunque costó trabajo, puede ser aprender a amarrarse los zapatos, subir una escalera alta o pedir ayuda. Paso 3: Dibujen juntos su propia 'flor valiente' y dentro de los pétalos escriban o dibujen esa cosa difícil que lograron, y colóquenla en un lugar visible de la casa.

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La flor que creció entre las piedras del camino
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