n el Valle Esmeralda, entre flores amarillas y piedras cubiertas de musgo, vivía un camaleón llamado Coco. Coco tenía un color verde brillante que amaba con todo su corazón. Era su color favorito, su color de siempre, su color de verdad.
Pero los camaleones cambian de color. Todo el tiempo. Y eso a Coco le daba mucho, mucho miedo.
Un día, Quelina paseaba por el camino de tierra cuando encontró a Coco pegado a una piedra gris, con los ojos bien cerrados y el cuerpo temblando.
—¿Qué te pasa, Coco? —preguntó Quelina con voz suave.
—¡Me estoy poniendo gris! —dijo Coco sin abrir los ojos—. Si cambio de color, ¡ya no voy a ser yo!
Quelina lo miró con ternura. Justo en ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando con sus alas de mil colores.
—¡Hola, Coco! —dijo Mara alegremente—. ¿Sabes? Yo antes era una oruga. Era pequeña, lenta y no podía volar. Cambié mucho. ¿Y sabes qué? ¡Sigo siendo Mara!
Coco abrió un ojo, apenas un poquito.
—Pero yo no quiero cambiar —susurró—. Me gusta ser verde.
—Puedes seguir siendo verde —dijo Quelina—. Solo que a veces también podrás ser gris, o café, o amarillo. Eso no borra el verde que llevas dentro.
Coco pensó en eso. Era difícil de entender.
—¿Y si cambio y no me reconozco? —preguntó.
Quelina sonrió. Se acercó despacito y le dijo:
—¿Ves mis espirales doradas? Cada vez que aprendo algo nuevo, brillan un poquito más. Yo sigo siendo Quelina, pero cada día soy una Quelina que sabe más cosas. Cambiar por fuera no cambia lo que sientes por dentro.
Coco cerró los ojos de nuevo. Esta vez no era de miedo. Era para pensar.
Despacio, muy despacio, dejó que su piel fuera cambiando. Del verde brillante pasó a un gris suave, igual que la piedra donde estaba parado. Abrió los ojos y miró sus patas, su cola, su barriguita gris.
Y entonces hizo algo que nadie esperaba: sonrió.
—Sigo siendo yo —dijo, casi sin creerlo—. ¡Sigo siendo Coco!
Mara aplaudió con sus alas. Quelina sintió que las espirales de su caparazón brillaban suavecito, con una luz dorada y cálida.
—Cambiar puede dar miedo —dijo Quelina—. Pero a veces el cambio nos lleva a descubrir cosas nuevas de nosotros mismos.
Coco saltó de la piedra al pasto y, de golpe, se puso verde otra vez. Se río a carcajadas.
—¡Puedo ir y volver! —exclamó—. ¡El cambio no me borra, me lleva a otro lugar y puedo regresar!
Desde ese día, Coco ya no le tenía miedo a los colores. Los usaba todos con alegría, como si fueran abrazos de distintas formas. Y en el Valle Esmeralda aprendieron que cambiar es solo otra manera de seguir siendo uno mismo.
Cambiar no es perderse; es descubrir cuántos colores maravillosos hay dentro de ti.
Paso 1: Pidan al niño que piense en algo que cambió en su vida (como ir a la escuela, tener un nuevo amigo o crecer) y que cuente cómo se sintió. Escúchenlo con atención y sin interrumpir. Paso 2: Juntos, nombren tres cosas que el niño sigue siendo aunque hayan cambiado cosas a su alrededor (su nombre, su risa, lo que le gusta). Paso 3: Inviten al niño a dibujar a Coco con todos los colores que quiera, recordándole que todos esos colores siguen siendo el mismo Coco.
