na mañana, Quelina caminaba despacio por el sendero de musgo cuando escuchó un sonido muy bajito. Era casi como un suspiro. Se detuvo, miró hacia los lados y vio, colgada de una ramita delgada, a una araña pequeñísima con ocho ojitos brillantes como gotitas de rocío.
—Hola —dijo Quelina con curiosidad—. ¿Por qué estás sola?
La araña se encogió un poco antes de responder.
—Me llamo Hila —susurró—. Estoy sola porque cada vez que alguien me ve, sale corriendo. No sé qué hice mal.
Quelina sintió algo apretado en el pecho. Ella también conocía esa sensación de que algo le diera miedo sin saber muy bien por qué.
Justo en ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando con sus alas de colores. Cuando vio a Hila, batió las alas muy rápido y retrocedió varios pasos.
—¡Una araña! —exclamó Mara, escondiéndose detrás de una hoja.
—Mara, espera —dijo Quelina con calma—. ¿Por qué tienes miedo?
Mara pensó un momento y arrugó la frente.
—No lo sé muy bien. Creo que... siempre pensé que las arañas eran peligrosas.
—¿Y alguna vez conociste a una? —preguntó Quelina.
Mara no respondió. Nunca lo había pensado así.
Entonces Hila, con mucha valentía, comenzó a tejer. Sus patas se movían suaves y rápidas, y en pocos minutos apareció en el aire algo increíble: una red tan fina y perfecta que parecía hecha de hilos de luna. Las gotitas de agua que cayeron del rocío se quedaron atrapadas en ella, y la luz de la mañana las convirtió en pequeños arcoíris.
Mara salió lentamente de detrás de la hoja. Sus ojos se abrieron muy grandes.
—Es... lo más bonito que he visto en mucho tiempo —dijo en voz baja.
—Hila teje para atrapar su comida —explicó Quelina—, igual que tú usas tus alas para buscar flores. Cada uno tiene su manera especial de vivir.
Hila sonrió con sus ojitos brillantes. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien la miraba sin salir corriendo.
Mara se acercó despacio, paso a paso, y observó la telaraña de cerca.
—Lo siento, Hila —dijo Mara—. Te tenía miedo antes de conocerte. Eso no estuvo bien.
—Entiendo —respondió Hila—. A veces el miedo llega antes que las palabras.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavecito, como siempre que aprendía algo importante. Había entendido que el miedo a veces nos hace ver monstruos donde hay amigos esperando.
Desde ese día, Hila ya no estuvo sola. Mara la visitaba cada mañana para ver los arcoíris que nacían en su telaraña. Y Quelina aprendió que conocer es la mejor manera de dejar de temer.
Cuando nos acercamos con curiosidad en lugar de miedo, descubrimos que muchas cosas que nos asustaban en realidad son maravillosas.
Paso 1: Pide a tu hijo o hija que dibuje en un papel algo que le dé un poco de miedo, puede ser un animal, un insecto o cualquier criatura. Paso 2: Juntos busquen una cosa bonita o útil que ese ser vivo hace en la naturaleza, y agrégala al dibujo con otro color. Paso 3: Conversen sobre cómo se siente ahora al mirar el dibujo completo, y celebren juntos ese pequeño momento de valentía.
