na mañana, Quelina paseaba cerca del árbol más alto del Valle Esmeralda cuando escuchó un sonidito pequeño, casi como un suspiro.
—¿Quién está ahí? —preguntó, mirando hacia arriba.
Entre las ramas más gruesas, asomaron dos orejas redondas y una naricita curiosa. Era Coco, un koalita gris con ojos grandes como lunas.
—Yo —dijo Coco con voz suavecita—. Llegué ayer con mi familia. Pero no quiero bajar. Aquí arriba todo lo conozco. Abajo... abajo es todo nuevo.
Quelina lo entendió enseguida. Ella también había sentido algo parecido una vez, cuando llegó por primera vez al Gran Roble Sabio.
—¿Puedo subir a acompañarte? —le preguntó.
—Las tortugas no trepan —dijo Coco, sorprendido.
—Tienes razón —dijo Quelina con una sonrisa—. Entonces, ¿me cuentas qué ves desde allá arriba?
Coco se asomó con cuidado.
—Veo un río brillante... y flores amarillas... y algo que parece moverse entre las flores.
En ese momento, Mara la mariposa apareció revoloteando con sus alas pintadas de naranja y violeta.
—¡Buenos días! —saludó alegremente—. ¡Esas flores amarillas son mis favoritas! Tienen un olor dulce como la miel.
Coco la miraba desde su rama sin moverse.
—¿Y si me caigo? —murmuró.
—¿Y si no te caes? —respondió Quelina en voz suave.
Mara subió volando hasta quedar justo frente a Coco.
—Yo estuve en cien lugares nuevos —le dijo—. Al principio, en todos tenía cosquillas en la panza. Pero luego descubrí que las cosquillas son la manera en que el cuerpo se prepara para algo bonito.
Coco pensó en eso un momento. Cosquillas. Sí, él tenía cosquillas en la panza. Muchas.
Bajó un poco. Solo una rama.
—¿Ves? —dijo Quelina—. Ya conoces esa rama. Ahora es tuya también.
Coco bajó otra rama. Luego otra. Despacito, despacito, hasta que sus patitas tocaron la tierra suave del valle.
Se quedó quieto. Respiró. Olió el pasto húmedo y las flores amarillas desde cerca.
—Huele bien —dijo, casi sin querer.
—El Valle Esmeralda huele bien en todos lados —dijo Quelina con ternura.
En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas estrellas dormidas que despertaban.
Coco las miró asombrado.
—¿Por qué brillan?
—Porque aprendí algo contigo hoy —dijo Quelina—. Que ser valiente no significa no tener miedo. Significa bajar una ramita aunque te tiemblen las patas.
Coco sonrió por primera vez desde que había llegado al Valle. Era una sonrisa pequeña, pero verdadera.
Mara revoloteó a su alrededor.
—¿Vamos a ver las flores amarillas?
Y Coco, despacito, dio su primer paso en su nuevo hogar.
Los lugares nuevos dan miedo al principio, pero guardan amigos y maravillas que todavía no conoces.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo si alguna vez sintió 'cosquillas en la panza' antes de ir a un lugar nuevo, y cuéntale tú también alguna vez que te pasó a ti. Paso 2: Juntos, dibujen o imaginen cómo sería ese lugar nuevo lleno de cosas bonitas: amigos, colores, olores y sonidos agradables. Paso 3: Practiquen la 'respiración de Coco': inhalen despacio contando hasta tres, y exhalen soplando suavecito, como si soplaran las hojas de un árbol.
