n el Valle Esmeralda había una roca muy especial. Se llamaba la Roca del Amanecer, y desde su cima se podía ver todo el valle bañado de luz dorada cada mañana. Todos los animales decían que era el lugar más hermoso del mundo.
Clarita era una cabrita pequeña, blanca como la espuma del río, con dos cuernitos apenas asomando entre su pelaje rizado. Ella miraba esa roca todos los días y suspiraba.
—Algún día subiré —decía en voz bajita. Pero cuando ponía una pata en la primera piedra, su corazón se ponía a latir muy fuerte y sus patas temblaban. ¿Y si se caía? ¿Y si rodaba hasta abajo y se lastimaba? Entonces daba un paso atrás y se quedaba mirando desde lejos.
Quelina pasaba por ahí una mañana cuando vio a Clarita mirando la roca con los ojos llenos de deseo y las patas quietas.
—¿Qué pasa, Clarita? —preguntó la pequeña tortuga, acercándose con calma.
—Quiero subir —dijo la cabrita—, pero tengo mucho miedo de caerme.
Quelina asintió despacio. Ella también conocía ese miedo que se instala en las patas y no deja moverse.
—¿Sabes qué? —dijo Quelina—. El miedo no se va de una sola vez. Se va de a poquito, con cada paso que damos.
Justo entonces llegó Mara, la mariposa, revoloteando sobre sus cabezas con sus alas de colores brillantes.
—¡Yo puedo volar a tu lado, Clarita! —ofreció Mara con su voz alegre—. Así no estarás sola en ningún momento.
Clarita respiró hondo. Luego miró la roca. Luego miró a Quelina. Luego miró a Mara.
—Solo un paso —dijo Quelina suavemente—. Solo uno.
Clarita puso la pata derecha sobre la primera piedra. Firme. Estable. No se cayó.
—¡Lo lograste! —dijo Mara batiendo las alas con alegría.
Clarita sonrió, sorprendida. Y puso la segunda pata. Y luego la tercera. Despacio, muy despacio, mirando bien dónde pisaba, subió piedra por piedra, con Mara volando suavemente a su lado.
Cuando llegó a la cima, el sol comenzaba a asomarse sobre las montañas lejanas. El valle entero se iluminó de dorado, de verde, de azul. Clarita abrió los ojos bien grandes y su corazón, que antes temblaba de miedo, ahora temblaba de alegría.
—¡Llegué! —gritó, y su voz rebotó en todas las piedras del valle.
Desde abajo, Quelina la vio llegar a la cima. En ese momento, las espirales doradas de su caparazón brillaron con una luz suave y cálida. Había aprendido algo que también era para ella: el valor no es no tener miedo. El valor es dar el primer paso aunque el miedo esté ahí.
Clarita bajó con cuidado, paso a paso, igual que subió. Y al día siguiente, volvió a subir. Esta vez, un poco más rápido.
Y el miedo, poquito a poquito, se fue haciendo cada vez más pequeño.
El valor no es no tener miedo, sino dar el primer paso aunque el miedo esté ahí.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija si hay algo que quiera hacer pero que le dé un poco de miedo, y escúchalo sin interrumpir. Paso 2: Juntos, piensen en UN solo paso muy pequeño que podría dar para acercarse a ese algo, igual que Clarita puso su primera pata en la piedra. Paso 3: Cuando lo intente, celebren ese primer paso con un abrazo, un aplauso o las palabras que más le gusten, recordándole que ya es valiente solo por haberlo intentado.
