sa tarde, el Valle Esmeralda olía a flores mojadas y tierra tibia. Mara revoloteaba de flor en flor, buscando a Lumo con los ojos bien abiertos. Pero Lumo no estaba en el trébol grande. Tampoco estaba en el charco de las ranitas. Ni siquiera estaba en su ramita favorita junto al Gran Roble Sabio.
Mara se posó sobre una piedra redonda y sintió algo pesado en el pecho. Era un miedo suave pero grande, como una nube oscura que no dejaba pasar la luz. ¿Y si Lumo se había ido para siempre? ¿Y si ya no volvía?
Quelina pasaba por ahí cargando una concha de caracol vacía que había encontrado en el camino. Cuando vio las alas de Mara caídas y sus ojos tristes, se acercó despacio.
—Mara, ¿qué tienes? —preguntó con voz suave.
—Lumo no está —dijo Mara, y su voz tembló un poquito—. Lo busqué en todos lados y no lo encuentro. Tengo miedo de que se haya ido y nunca más regrese.
Quelina dejó la concha en el suelo y pensó un momento.
—¿Recuerdas el día que llovió tanto y tú te escondiste debajo de la hoja grande? —preguntó.
Mara asintió.
—Todos te buscamos y no te encontramos. Pero tú no te habías ido para siempre. Solo estabas en un lugar diferente, esperando que parara la lluvia.
Mara parpadeó. Eso era verdad.
—Los amigos a veces se van un rato —continuó Quelina—. Pueden estar durmiendo, explorando, o simplemente en otro rincón del valle. Pero los amigos de verdad siempre vuelven.
En ese momento, entre los helechos del camino, apareció una lucecita dorada que parpadeaba. Era Lumo, con las alas llenas de polvo brillante y una sonrisa enorme.
—¡Estuve en la cueva de las estalactitas! —gritó emocionado—. ¡Hay cristales que brillan como estrellas! ¡Tenía que contárselos!
Mara voló hacia él tan rápido que casi lo derriba.
—¡Te busqué por todas partes! —dijo, y su voz mezclaba el enojo con el alivio.
—Lo siento, Mara —dijo Lumo, bajando la cabeza—. Debí avisarte antes de irme.
Mara respiró hondo. El miedo pesado que tenía en el pecho se fue deshaciendo poco a poco, como azúcar en agua tibia.
Quelina sonrió, y las espirales de su caparazón brillaron suavemente en la luz de la tarde.
Esa noche, los tres amigos se sentaron juntos bajo el Gran Roble Sabio. Mara miraba a Lumo iluminar el cielo con su luz, y entendió algo muy importante: querer a alguien también significa extrañarlo cuando no está. Y ese miedo, aunque duela, es una señal de que el cariño es real.
Extrañar a un amigo es una señal de que el amor que les tienes es verdadero, y los amigos de verdad siempre encuentran el camino de regreso.
Paso 1: Pregunta a tu hijo: '¿Alguna vez has extrañado mucho a alguien? ¿Cómo se sintió tu cuerpo?' Escucha con calma y sin interrumpir. Paso 2: Juntos, nombren a tres personas o amigos que siempre regresan cuando se van, y cuenten algo especial de cada uno. Paso 3: Pídele que dibuje a su amigo favorito y que le escriba o dicte una frase bonita para contarle cuánto lo quiere.
