na noche muy tranquila en el Valle Esmeralda, Quelina se despertó de repente.
Afuera, el bosque hacía ruidos que ella nunca había escuchado de día. Había un crujido entre las hojas. Luego un silbido suave que venía del viento. Después, algo que sonaba como un tamborcito lejano: toc, toc, toc.
Quelina metió la cabeza dentro de su caparazón y apretó los ojos.
—No me gusta la noche —susurró—. La noche tiene demasiados sonidos raros.
De pronto, una lucecita anaranjada se acercó flotando entre los árboles. Era Lumo, la luciérnaga, que parpadeaba suavecito como siempre.
—¿Quelina? ¿Estás ahí adentro? —preguntó Lumo con voz amable.
La pequeña tortuga sacó apenas un ojo.
—Sí. Pero hay sonidos muy raros, Lumo. No sé qué son y eso me da miedo.
Lumo se posó gentilmente sobre una piedra junto a ella.
—¿Quieres que los descubramos juntos? —propuso la luciérnaga.
Quelina dudó un momento. Luego, muy despacio, sacó la cabeza del todo.
—Está bien —dijo con voz pequeñita—. Pero tú vas adelante.
Primero escucharon el crujido. Lumo alumbró entre las ramas y vieron a una ranita saltando de hoja en hoja.
—¡Es una ranita! —dijo Quelina sorprendida.
—Sí —sonrió Lumo—. Las ranitas saltan más de noche porque el suelo está fresquito.
Después escucharon el silbido. Lumo apuntó su luz hacia las ramas altas y vieron las hojas moviéndose.
—Es el viento que juega entre el árbol grande —explicó Lumo.
—Ah —dijo Quelina—. De día no lo había notado.
Por último, buscaron el sonido del tamborcito: toc, toc, toc. Lo encontraron cerca del Gran Roble Sabio. Era un pequeño pájaro carpintero que dormía parado y golpeaba suavemente la madera mientras soñaba.
Quelina se quedó mirándolo con la boca abierta.
—¡Está soñando y haciendo música al mismo tiempo! —susurró maravillada.
En ese instante, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar con una luz cálida y suave, como una estrella pequeñita.
—¿Por qué brilla tu caparazón? —preguntó Lumo.
—Creo que aprendí algo —respondió Quelina sonriendo—. Que los sonidos de la noche no son peligrosos. Solo son diferentes a los del día.
Lumo asintió con su lucecita.
Las dos amigas caminaron de regreso juntas bajo el cielo lleno de estrellas. Quelina ya no tenía miedo. Ahora la noche le parecía un lugar lleno de cosas interesantes que descubrir.
Se acomodó en su lugar favorito, cerró los ojos y, mientras escuchaba el toc suave del pájaro soñador y el silbido del viento entre las hojas, Quelina se quedó dormida con una sonrisa.
El miedo se hace más pequeño cuando nos acercamos a él con curiosidad y un buen amigo al lado.
Paso 1: Antes de dormir, pídele a tu hijo que cierre los ojos y escuche todos los sonidos que hay en la habitación o cerca de la ventana. Paso 2: Juntos, nombren cada sonido que escuchen y conversen sobre de dónde puede venir, imaginándolo como un animalito o algo de la naturaleza. Paso 3: Terminen con un abrazo y digan en voz baja: 'Los sonidos de la noche solo me están diciendo buenas noches.'
