n el Valle Esmeralda vivía una pequeña tortuga llamada Zuri. Zuri amaba los días soleados, los charcos de lluvia y las flores amarillas que crecían junto al Gran Roble Sabio. Pero cuando el sol comenzaba a bajar y el cielo se volvía naranja, algo cambiaba en ella.
Zuri sentía que su corazón latía muy rápido. Corría a esconderse debajo de las raíces del roble y tapaba sus ojos con las patas. La oscuridad, pensaba, era algo vivo y enorme que venía a buscarla.
Una tarde, Quelina la encontró temblando entre las raíces.
—¿Qué te pasa, Zuri? —preguntó Quelina con voz suave.
—La oscuridad me persigue —susurró Zuri—. En cuanto llega, quiere atraparme.
Quelina no se rió. Recordó que ella también había sentido algo parecido mucho tiempo atrás. Se sentó a su lado y la abrazó con cuidado.
—¿Me dejarías mostrar algo? —le preguntó.
Zuri dudó, pero asintió con la cabeza.
Entonces Quelina llamó a su amigo Lumo, la luciérnaga. Lumo llegó volando despacio, con su lucecita verde parpadeando entre los árboles.
—Lumo vive en la oscuridad —dijo Quelina—. Y mira qué bien se siente ahí dentro.
—La oscuridad es mi hogar —dijo Lumo con una sonrisa—. Sin ella, nadie podría ver mi luz.
Zuri observó a Lumo flotar en el aire nocturno. Su brillo era pequeño, pero alcanzaba para ver las hojas, las piedras y hasta una flor amarilla que Zuri no había notado durante el día.
—¿Quieres intentar mirar sin cerrar los ojos? —le propuso Quelina.
Zuri respiró hondo, una vez, dos veces. Luego abrió los ojos muy despacio.
La oscuridad no la atrapó. No se movió hacia ella. Solo estaba ahí, quieta, llena de sonidos suaves: el canto de los grillos, el murmullo del río, el viento entre las ramas.
—Es... diferente de lo que pensaba —dijo Zuri en voz muy baja.
—Los miedos a veces parecen gigantes —dijo Quelina— porque nunca nos hemos acercado a verlos de verdad.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron con suavidad, como si el Valle Esmeralda también hubiera aprendido algo esa noche.
Zuri no dejó de sentir un poco de cosquillas en la panza cuando llegaba la oscuridad. Pero ahora sabía que podía respirar, abrir los ojos y mirar. Y eso, descubrió, era suficiente para sentirse valiente.
Desde esa noche, Zuri y Lumo se convirtieron en grandes amigos. A veces, cuando el miedo regresaba un poco, Zuri buscaba la lucecita verde de Lumo entre los árboles. Y siempre estaba ahí, parpadeando para ella.
El miedo se hace más pequeño cuando nos animamos a mirarlo con los ojos bien abiertos.
Paso 1: Antes de dormir, apaguen la luz juntos y quédense en silencio unos segundos; luego pregúntenle al niño qué sonidos puede escuchar en la oscuridad. Paso 2: Cada sonido que identifique recibe un nombre divertido, como 'el grillo cantor' o 'el viento bailarín', para transformar lo desconocido en algo familiar. Paso 3: Al final, el niño elige una palabra valiente que quiera llevarse a dormir esa noche, y la dicen juntos en voz alta antes de cerrar los ojos.
