na tarde, el cielo del Valle Esmeralda se cubrió de nubes grises y el sol se escondió muy pronto. Quelina necesitaba regresar a casa caminando por el sendero largo, ese que pasaba entre los árboles grandes y las piedras altas.
La pequeña tortuga se quedó quieta al inicio del camino. Sus patitas no querían moverse. Adentro de su panza sentía algo apretado, algo que la hacía querer retroceder. Ese sentimiento tenía un nombre: miedo.
—¿Qué te pasa, Quelina? —preguntó una vocecita brillante.
Era Lumo, su amiga la luciérnaga, que apareció volando suavemente con su luz parpadeante.
—Tengo miedo del sendero oscuro —admitió Quelina con voz bajita—. No puedo ver bien y no sé qué hay entre los árboles.
Lumo se posó con cuidado sobre el caparazón de su amiga.
—Yo te puedo acompañar un trecho —dijo—. Pero quiero mostrarte algo primero. Cierra los ojos.
Quelina los cerró, aunque le daba un poco de susto hacerlo.
—Ahora piensa en una vez que hiciste algo difícil. Algo que al principio también te asustaba.
Quelina pensó. Recordó el día que cruzó el arroyo de piedras resbaladizas. Recordó cuando habló con el Gran Roble Sabio por primera vez, con la voz temblorosa. Recordó cuando defendió a Pino cuando otros se reían de sus espinas.
—¿Ya lo tienes? —preguntó Lumo.
—Sí —respondió Quelina, y sintió algo cálido en el pecho.
—Eso que sientes ahora mismo... eso eres tú. Esa es tu luz.
Quelina abrió los ojos. No había cambiado nada afuera: el sendero seguía siendo oscuro y los árboles seguían siendo altos. Pero adentro de ella algo se había encendido. Como una pequeña llama tranquila.
Dio un paso. Luego otro. Lumo volaba a su lado, pero Quelina se dio cuenta de algo: no miraba solo la luz de su amiga. También miraba hacia adelante, con sus propios ojos bien abiertos.
—El miedo todavía está —dijo Quelina caminando despacio.
—Lo sé —respondió Lumo—. Pero caminas igual.
Y era verdad. Quelina caminaba aunque tenía miedo. Eso, sin que nadie se lo dijera, es exactamente lo que significa ser valiente.
Cuando llegó a su casa, Quelina miró su caparazón. Las espirales doradas brillaban con una luz suave y firme, como la de alguien que acaba de descubrir algo muy importante.
Esa noche, antes de dormir, Quelina puso una patita sobre su pecho y sintió esa pequeña llama todavía encendida.
Su linterna interior. Siempre había estado ahí.
La valentía no es no tener miedo, sino descubrir que dentro de ti ya existe la luz para seguir caminando.
Paso 1: Siéntense juntos en un lugar tranquilo y pídele a tu hijo o hija que cierre los ojos y recuerde algo difícil que haya hecho antes, algo que al principio le daba miedo pero que logró hacer. Paso 2: Pregúntale cómo se sintió en ese momento y cómo se siente ahora al recordarlo. Escúchalo con atención y celebra ese recuerdo juntos. Paso 3: Dile que ponga su manita en el pecho y le diga a su linterna interior un nombre especial, ese será su nombre secreto de valentía que puede recordar cuando algo le dé miedo.
