na mañana fresca en el Valle Esmeralda, Quelina encontró a su amigo Pino sentado solo bajo un arbusto de flores amarillas. Tenía las espinas bien erguidas y los ojos un poco tristes.
—¿Qué te pasa, Pino? —preguntó Quelina, acercándose despacio.
—Hoy es el cumpleaños de mi mamá —respondió Pino en voz baja—. Quiero darle un abrazo muy grande, pero... tengo miedo de lastimarla con mis espinas.
Quelina miró a su amigo con ternura. Entendía ese miedo. A veces, querer mucho a alguien y no saber cómo demostrarlo podía sentirse como un nudo en la barriga.
—¿Has hablado con ella sobre eso? —preguntó Quelina.
Pino negó con la cabeza.
—Tengo miedo de que me diga que sí me lastima, y entonces ya nunca podré abrazarla.
Quelina pensó un momento. Luego dijo con suavidad:
—¿Y si vamos juntos a buscarla?
Con pasos pequeños y el corazón un poco apretado, Pino caminó junto a Quelina hacia la madriguera de su mamá. Afuera, mamá puercoespín recogía semillas de pino y tarareaba una canción.
Cuando vio a su hijo, su cara se llenó de luz.
—¡Pino, mi amor! —exclamó ella.
Pino se detuvo a unos pasos. Bajó la mirada y dijo muy bajito:
—Mamá... ¿te duele cuando te abrazo? Tengo miedo de hacerte daño con mis espinas.
Mamá puercoespín soltó las semillas y se arrodilló frente a él. Sus ojos brillaban igual que el rocío de la mañana.
—Hijo —dijo con voz dulce—, yo también tengo espinas. Y cuando nos abrazamos, sabemos con cuidado cómo hacerlo. Nos inclinamos un poquito, muy despacio, y nuestros corazones se encuentran antes que nada.
Pino levantó la vista.
—¿De verdad no te duele?
—De verdad —respondió ella—. Lo que me dolería sería no poder abrazarte nunca.
Entonces, muy despacio, Pino se acercó. Inclinó la cabeza hacia un lado, ella hizo lo mismo, y sus mejillas se rozaron con suavidad, mientras sus corazones latían juntos. Fue el abrazo más cuidadoso y más lleno de amor que Quelina había visto jamás.
En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar. Ella había aprendido algo hermoso: que cuando amamos a alguien, encontramos el valor de acercarnos, aunque tengamos miedo.
—Gracias, Quelina —dijo Pino con una sonrisa enorme—. Necesitaba que alguien me ayudara a dar el primer paso.
—Eso es lo que hacen los amigos —respondió ella—. Y tú hiciste la parte más valiente: le dijiste a tu mamá lo que sentías.
El sol del Valle Esmeralda brilló un poco más fuerte esa mañana, como si él también quisiera celebrar ese abrazo tan especial.
Decirle a quien amamos lo que sentimos es uno de los actos más valientes que existen.
Paso 1: Siéntense juntos y túrnense para decir una cosa que a veces les da miedo mostrar o decir en familia. Paso 2: Hablen sobre cómo se sienten cuando guardan ese miedo adentro y cómo se sentirían si lo pudieran compartir. Paso 3: Terminen con un abrazo especial que inventen juntos, como el de Pino y su mamá, con un nombre propio para ese abrazo de ustedes.
