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Quelina

Ratón Bigotes y la cueva del viento frío

valentia basica

n el Valle Esmeralda, cerca del Gran Roble Sabio, vivía un ratoncito llamado Bigotes. Tenía unas orejas redondas y suaves, y un hocico tan curioso que siempre lo metía en todas partes. Pero ese día, Bigotes no quería meter el hocico en ningún lugar. Solo quería quedarse quieto frente a la cueva del viento frío.

La cueva era oscura al principio, y de adentro salía un viento que silbaba muy fuerte. Al otro lado estaba el prado donde vivía su familia, pero Bigotes no podía moverse. Sus patitas se habían vuelto de piedra.

—No puedo —susurró con voz muy pequeña—. El viento me da miedo.

Quelina pasaba por allí caminando despacio, como siempre. Vio a Bigotes temblando y se acercó con cuidado.

—Hola, Bigotes. ¿Qué pasa? —preguntó con voz suave.

—La cueva me asusta —dijo él—. El viento suena muy raro y no veo bien adentro. Pero necesito cruzar para llegar a casa.

Quelina miró la cueva. También escuchó el silbido del viento. Luego miró a Bigotes con ojos tranquilos.

—¿Sabes qué? A también me da un poquito de miedo ese sonido —dijo ella—. Pero creo que podemos dar solo un paso. Solo uno.

En ese momento llegó Lumo, la luciérnaga, volando en pequeños círculos brillantes.

—¡Yo los acompaño! —dijo Lumo alegremente—. Con mi luz verán el camino.

Lumo entró primero a la cueva y encendió su suave brillo dorado. El interior no era tan oscuro ahora. Solo era un túnel con paredes de piedra y un viento que soplaba jugando.

—Un paso —dijo Quelina, y puso una patita adentro.

Bigotes respiró hondo. Cerró los ojos un momento. Luego los abrió y puso una patita adentro también.

—¡Lo hice! —gritó sorprendido.

—Sí —sonrió Quelina—. Ahora otro.

Así fueron avanzando: un paso, y otro, y otro más. El viento seguía soplando, pero ya no parecía tan feroz. Era solo aire que jugaba entre las piedras.

Cuando salieron al otro lado, el sol del prado los recibió calientito. Bigotes vio a su familia corriendo hacia él, y su corazón saltó de alegría.

—¡Lo logré! —exclamó Bigotes, con los bigotes temblando de emoción—. ¡Crucé la cueva!

En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron suavemente, como si supieran que algo importante acababa de aprenderse.

—El miedo no desapareció —dijo Quelina en voz baja—. Pero fuiste más grande que él.

Bigotes la miró y sonrió con toda la cara. Esa noche, antes de dormir, recordó cada paso que había dado dentro de la cueva. Y supo que podría volver a darlo cuando lo necesitara.

💛 QUELINA NOS DICE...

Ser valiente no es no tener miedo, sino dar un paso aunque el miedo esté ahí.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija si alguna vez algo le dio miedo, y cuéntale también algo pequeño que a ti te haya asustado alguna vez para que sepa que todos sentimos miedo. Paso 2: Juntos, piensen en ese miedo y digan en voz alta: '¿Cuál sería el primer pasito pequeño que podríamos dar?' Paso 3: Denle un gran abrazo y celebren ese primer paso imaginario, aplaudiendo juntos como si ya lo hubieran cruzado.

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Ratón Bigotes y la cueva del viento frío
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