n día soleado en el Valle Esmeralda, Quelina paseaba tranquila por el sendero de las flores amarillas. Sus pequeñas patas avanzaban despacio, como siempre, disfrutando cada piedrita y cada hoja del camino.
De repente, algo pasó volando a su lado con un remolino de viento.
—¡Apártate, tortuga lenta! ¡Voy tardísimo! —gritó una voz.
Era Salto, un conejo de orejas largas y patas rápidas como el viento. Se detuvo a unos pasos y la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo puedes caminar tan despaaacio? —preguntó Salto, estirando mucho la palabra—. Yo ya di tres vueltas al lago y tú todavía estás aquí.
Quelina sonrió con calma.
—Cada uno camina a su propio ritmo —dijo ella—. Yo veo muchas cosas mientras voy despacio. Mira, encontré esta piedra brillante, y también ese nido de pájaros allá arriba.
Salto miró hacia arriba. Nunca había visto ese nido antes, aunque había pasado por ahí cientos de veces.
En ese momento llegó Mara, la mariposa, revoloteando entre los dos.
—¡Quelina, Quelina! —dijo Mara con voz agitada—. ¡La flor del lago perdió su semilla especial y el viento la llevó al interior del bosque tupido! Solo alguien pequeño y tranquilo puede entrar ahí sin asustar a los animales del suelo.
Salto frunció el ceño.
—Yo puedo ir rapidísimo —dijo—. ¡Yo la busco!
Y salió corriendo hacia el bosque. Pero sus patas rápidas rompieron ramas, levantaron tierra y asustaron a tres ratones y a un grillo. La semilla, si estaba por ahí, se había escondido aún más.
Salto regresó con las orejas caídas.
—No pude encontrarla —admitió en voz baja.
Quelina entró al bosque despacito, pisando con cuidado. Los animales del suelo no se asustaron. Ella observó, miró entre las raíces, y al fin, junto a una roca cubierta de musgo, encontró la semillita brillante.
Cuando salió con la semilla en su pata, las espirales doradas de su caparazón brillaron suavemente, como siempre que aprendía algo importante.
—Yo nunca hubiera podido hacer eso —dijo Salto, mirándola con respeto.
—Y yo nunca podría avisar a tiempo si hubiera una tormenta que se acerca —respondió Quelina—. Para eso eres perfecto tú.
Salto se sentó a su lado. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.
—¿Me enseñas a ver las cosas que ves tú? —preguntó.
—Claro —dijo Quelina—. Y tú puedes enseñarme cómo se siente el viento en la cara cuando corres.
Mara aplaudió con sus alas de colores, feliz.
Desde ese día, Salto y Quelina se convirtieron en grandes amigos. Uno rápido, otra lenta. Los dos, necesarios.
Ser diferente no es un error, es el regalo que cada uno trae al mundo.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo qué cosa hace él muy bien y qué cosa hace alguien de su familia diferente a él. Paso 2: Juntos, piensen en una situación donde esas dos formas distintas podrían ayudarse entre sí. Paso 3: Dense un abrazo y díganle al otro: 'Me alegra que seas como eres.'
