na mañana de sol suave, Quelina caminaba cerca del arroyo cuando vio algo que nunca había visto antes: una tortuga pequeña, sentada sola sobre una piedra, con el caparazón lleno de colores brillantes, rojos y anaranjados, como el cielo al atardecer.
—Hola —dijo Quelina con su voz más amable—. Soy Quelina. ¿Cómo te llamas?
La tortuga la miró con ojos redondos y respondió en voz muy bajita.
—Me llamo Tila. Vengo de muy lejos. De un lugar donde los árboles son altísimos y el suelo es color ladrillo.
Quelina nunca había escuchado hablar de ese lugar. Sintió ganas de hacer muchas preguntas, pero también notó que Tila apretaba las patitas con nerviosismo. Entonces recordó algo que el Gran Roble Sabio le había enseñado: antes de preguntar, es bueno ofrecer.
—¿Tienes hambre? Conozco un lugar donde crecen las mejores hojas del valle.
Tila sonrió por primera vez.
Juntas caminaron hasta el claro de las flores amarillas. Allí estaba Mara, la mariposa, revoloteando entre los pétalos. Al ver a Tila, Mara abrió sus alas de par en par.
—¡Qué caparazón tan hermoso! —exclamó Mara—. ¿De dónde vienen esos colores?
Tila se puso colorada, pero esta vez de alegría.
—En mi tierra, pintamos nuestros caparazones con arcilla roja para celebrar el inicio de la lluvia. Es una fiesta muy especial. Todos bailamos en círculo.
—¿Bailar en círculo? —preguntó Quelina con los ojos muy abiertos—. ¡Eso suena precioso! Aquí nosotros cantamos juntos al pie del Gran Roble cuando queremos celebrar algo.
Tila escuchó con atención y una luz de curiosidad le cruzó la mirada.
—¿Me podrías enseñar esa canción?
—¡Claro! —respondió Quelina—. Y tú podrías enseñarnos tu baile en círculo.
Fue así como, esa tarde, Mara, Quelina y Tila se reunieron bajo el Gran Roble Sabio. Tila les mostró el baile lento y rítmico de su tierra, levantando una pata y luego la otra, como si la lluvia cayera sobre ellas. Quelina y Mara lo intentaron con mucha risa y algún tropiezo.
Después, Quelina entonó la canción del valle, suave como el viento entre las ramas. Tila cerró los ojos para escucharla mejor y al terminar dijo:
—Es diferente a todo lo que conozco... y por eso me gusta tanto.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar con una luz cálida. Ella supo, sin necesidad de palabras, lo que acababa de aprender: que conocer a alguien distinto no da miedo, da curiosidad. Y la curiosidad, cuando se acompaña de respeto, abre la puerta más bonita de todas: la de una amistad nueva.
Tila se quedó en el Valle Esmeralda varios días. Y cada vez que alguien le preguntaba cómo era su tierra, ella sonreía y decía:
—Es muy diferente a este valle. Por eso, ahora tengo dos lugares en el corazón.
Cuando nos acercamos a quien es diferente con curiosidad y respeto, descubrimos que la amistad no tiene fronteras.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija si alguna vez conoció a alguien que hablara diferente, comiera diferente o tuviera costumbres distintas, y cómo se sintió en ese momento. Paso 2: Juntos, inventen un saludo especial imaginario, como el de Tila o el de Quelina, que podría usar alguien de un lugar muy lejano. Paso 3: Abracen ese saludo y repítanlo cada vez que quieran recordar que conocer gente nueva es una aventura maravillosa.
