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Quelina

El juego donde no quedaba lugar para todos

exclusion grupo

quella mañana, el sol pintaba el Valle Esmeralda de dorado cuando Quelina llegó al claro cerca del Gran Roble Sabio. Mara, Lumo y algunos otros amigos del valle jugaban a las piedras saltarinas: un juego donde había que saltar de piedra en piedra sin caer al charco.

Quelina quiso unirse y de un salto se subió a la primera piedra. Pero entonces notó algo: Pino, su amigo el puercoespín, estaba sentado solo bajo un helecho, mirando el juego con los ojos tristes.

—¿Por qué no juegas, Pino? —le preguntó Quelina acercándose.

Pino bajó la mirada.

—Dijeron que mis espinas podrían pinchar a alguien si saltamos juntos —murmuró—. Dijeron que mejor me quede aquí.

Quelina sintió un peso extraño en el pecho. Miró a Mara y a Lumo, que seguían saltando y riendo. Ellos no parecían haber pensado que Pino pudiera sentirse tan solo.

—¿Tú querías jugar? —le preguntó Quelina.

—Sí —respondió Pino en voz muy bajita—. Mucho.

Quelina pensó. Pensó con calma, como le había enseñado el Gran Roble Sabio. Y entonces tuvo una idea.

Se acercó a sus amigos y dijo:

—¿Y si cambiamos un poco el juego? ¿Y si cada uno salta a su propia piedra y ganamos todos si llegamos al otro lado?

Mara batió sus alas con curiosidad.

—¿Todos a la vez? —preguntó Lumo, parpadeando con su lucecita.

—Todos a la vez —confirmó Quelina—. Si uno cae, los demás esperamos y volvemos a intentarlo juntos.

Hubo un momento de silencio. Luego Mara sonrió.

—Me gusta más así —dijo.

Lumo asintió, y su luz parpadeó contenta.

Pino se levantó despacio del helecho. Sus espinas brillaban bajo el sol de la mañana.

—¿De verdad puedo jugar? —preguntó.

—El juego no está completo sin ti —dijo Quelina con seguridad.

Y comenzaron. Cada uno buscó su piedra, respetando el espacio del otro. Pino saltó con cuidado, concentrado, y cuando llegó al otro lado del charco sin caer, soltó un grito de alegría tan grande que los pájaros del roble levantaron vuelo.

Todos celebraron juntos.

En ese momento, las espirales del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como siempre que aprendía algo importante.

Esa tarde, sentados bajo el Gran Roble Sabio, Pino le dijo:

—Gracias por no olvidarte de mí.

Quelina lo miró con ternura.

—Los juegos son más divertidos cuando hay lugar para todos —respondió.

Y el valle entero pareció estar de acuerdo, porque una brisa suave pasó entre las hojas del roble, como si él también estuviera asintiendo.

💛 QUELINA NOS DICE...

Un juego donde no caben todos no es un juego completo.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

1. Pregunta a tu hijo: '¿Alguna vez te quedaste fuera de un juego? ¿Cómo te sentiste?' Escucha con calma y sin interrumpir. 2. Juntos, piensen en un juego conocido y busquen una manera de cambiarlo para que pueda jugar más gente, incluso alguien muy diferente. 3. Practiquen ese juego nuevo en casa o con amigos, recordando la regla de Quelina: el juego no está completo si alguien queda afuera.

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