na mañana tranquila, Quelina caminaba despacio por la orilla del lago del Valle Esmeralda. El agua brillaba como un espejo y los juncos se mecían suavemente con el viento.
De pronto, escuchó una voz grave y pausada que venía del agua.
—Buenos días, pequeña tortuga.
Quelina miró hacia el lago y vio a Nando, un pez muy anciano con escamas grises y ojos color miel. Era tan viejo que muchos peces del lago ya ni lo recordaban joven.
—¡Buenos días, Nando! —saludó Quelina con una gran sonrisa—. ¿Por qué estás tan solo esta mañana?
El pez suspiró despacio.
—Los demás peces juegan muy rápido. Yo ya no puedo nadar tan aprisa. A veces siento que no encajo con nadie.
Quelina lo escuchaba con atención, cuando de repente un pequeño salto interrumpió la conversación: ¡plop!
Era Saltito, una ranita recién nacida, tan pequeña que cabía en la palma de una hoja. Había saltado desde un nenúfar y había caído justo cerca de ellos.
—¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! —gritó la ranita, emocionada—. ¡Todo es tan nuevo para mí! ¿Qué es eso brillante en el agua? ¿Y ese árbol tan alto? ¿Y ese sonido? ¿Y tú quién eres? ¿Y tú?
Nando la miró y, sin poder evitarlo, sonrió. Hacía mucho tiempo que nadie le hacía tantas preguntas.
—Yo soy Nando —dijo con voz suave—. Y tengo respuestas para casi todo lo que preguntas, porque he vivido muchos, muchos años en este lago.
Saltito abrió los ojos como platos.
—¿Muchos años? ¡Yo solo tengo tres días! ¡Cuéntame, cuéntame!
Y así comenzó algo hermoso. Nando le habló a Saltito de las estrellas que se reflejan en el lago en invierno, de la gran tormenta que dobló el sauce hace años, del camino secreto que siguen los patos al amanecer. La ranita escuchaba sin pestañear, con la boca abierta de asombro.
Y Saltito, a su vez, le mostró a Nando cómo saltar sobre las hojas flotantes, algo que el pez nunca había podido hacer. Los dos reían juntos a carcajadas.
Quelina los observaba con el corazón lleno de alegría. En ese momento, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas lunas.
Río, su amigo pez, asomó la cabeza desde el agua.
—¿Qué pasa, Quelina? ¡Tu caparazón brilla!
—Acabo de aprender algo importante —respondió ella con ternura—. Los que llevan mucho tiempo en el mundo tienen historias maravillosas para dar. Y los que recién llegan traen una alegría nueva que lo ilumina todo. Cuando se encuentran, los dos se hacen más ricos.
Nando y Saltito se miraron. Ninguno de los dos se había sentido solo en toda la mañana.
Desde ese día, el pez anciano y la ranita recién nacida se volvieron los mejores amigos del lago. Uno con su memoria llena de tesoros, y la otra con sus ojos llenos de maravilla.
La amistad no mide la edad: los que saben mucho y los que todo descubren se necesitan el uno al otro.
Paso 1: Pide a tu hijo o hija que piense en una persona mayor que quiera, como un abuelo, abuela o vecino, y que le haga una pregunta sobre algo que esa persona vivió cuando era pequeña. Paso 2: Luego, que esa persona mayor le pida al niño o niña que le enseñe algo que a él o ella le resulte nuevo o divertido. Paso 3: Conversen juntos sobre cómo se sintieron: ¿qué aprendieron? ¿qué les gustó de escuchar o de enseñar?
