na mañana tibia y brillante, una ranita de ojos grandes y piel verde como la hierba se sentó sola a la orilla del gran estanque. Se llamaba Lila, y había llegado al Valle Esmeralda el día anterior. Miraba el agua sin moverse, con las patitas juntas y el corazón latiendo muy rápido.
Quelina pasaba por ahí caminando despacio, como siempre, cuando la vio. La ranita no lloraba, pero tampoco sonreía. Solo miraba.
—Hola —dijo Quelina con voz suave—. ¿Te llamas Lila? Mi amigo Río me contó que llegaste ayer.
Lila asintió apenas, sin levantar del todo la mirada.
—Yo soy Quelina. ¿Puedo sentarme contigo?
Lila volvió a asentir, esta vez un poco más rápido.
Se sentaron juntas en silencio por un momento. Quelina no tenía prisa. Sabía que a veces las palabras necesitan tiempo para salir.
—Es muy grande este estanque —dijo Lila al fin, en voz bajita—. No sé si alguien querrá ser mi amigo. No conozco a nadie.
Quelina la miró con ternura.
—Yo tampoco conocía a nadie cuando llegué al Valle —respondió—. Pero un día Lumo me alumbró el camino cuando me perdí, y desde entonces somos amigos. Las amistades empiezan con algo muy pequeño: un hola, una sonrisa, o simplemente estar cerca.
En ese momento, Lumo apareció volando sobre el agua, dejando un rastro de luz dorada aunque era de día. Al ver a Lila, se acercó curioso.
—¡Hola! ¡Yo soy Lumo! ¿Sabes saltar muy alto? —preguntó entusiasmado.
Lila parpadeó sorprendida. Nadie le había preguntado algo así antes.
—Sí —respondió, y esta vez sí sonrió—. Puedo saltar bastante alto.
—¡Genial! —gritó Lumo dando una vuelta en el aire—. ¡Yo no puedo nada! ¡Solo brillo!
Lila soltó una pequeña carcajada. Era la primera vez que reía en todo el día.
Las espirales del caparazón de Quelina brillaron suavemente con un destello dorado. Había aprendido algo importante: no hace falta decir palabras perfectas para hacer un amigo. A veces basta con sentarse cerca y escuchar.
Poco después, Río asomó la cabeza desde el agua.
—¿Quieren jugar a ver quién hace más ondas en el estanque? —propuso.
Lila miró a Quelina. Quelina le hizo un gesto suave con la cabeza, como diciéndole: tú decides.
La ranita respiró hondo, extendió sus patitas traseras y dio un salto enorme. ¡Plaf! El agua saltó en todas direcciones y todos rieron a carcajadas.
Al final de esa tarde, Lila regresó a casa con las mejillas cansadas de tanto reír. El gran estanque ya no le parecía tan grande. Le parecía justo del tamaño perfecto para empezar.
Hacer un amigo nuevo empieza con un gesto pequeño: acercarse, escuchar y estar presente.
1. Pregúntale a tu hijo o hija: '¿Recuerdas algún día en que te sentiste como Lila, sin conocer a nadie? ¿Cómo te sentiste?' Escucha con calma y sin interrumpir. 2. Juntos, piensen en una cosa pequeña que Lila hizo para empezar a hacer amigos (reírse, saltar, aceptar jugar) y pregúntale cuál de esas cosas le sería más fácil de hacer a él o ella. 3. Propónganle que esta semana diga 'hola' a un niño o niña que no conozca bien, y que al llegar a casa te cuente cómo le fue.
