na mañana en el Valle Esmeralda, las nubes grises empezaron a acumularse sobre las colinas. El viento sopló suave pero frío, y Quelina levantó la cabeza hacia el cielo con los ojos muy abiertos.
—Va a llover mucho —dijo ella—. Necesitamos un lugar donde todos podamos refugiarnos juntos.
Sus amigos Lumo, Pino, Mara y Río se reunieron a su alrededor debajo del Gran Roble Sabio.
—Podemos construir una madriguera grande —propuso Quelina—. Una donde quepamos todos.
—¡Yo puedo hacerlo solo! —dijo Pino, inflando el pecho—. Soy muy fuerte con mis patas.
Y sin esperar, Pino comenzó a cavar. Pero la tierra era dura y sus puas se enredaban en las raíces. Después de un rato, se detuvo cansado y un poco frustrado.
—Quizás no era tan fácil —admitió en voz baja.
—A mí me gustaría ayudar —dijo Río desde el arroyo cercano—, pero mis aletas no sirven para cavar en la tierra.
Mara revoloteó sobre ellos pensativa.
—Yo puedo volar alto y ver desde arriba cuál es el mejor lugar para construir. ¡Desde el aire todo se ve más claro!
—¡Eso es perfecto, Mara! —dijo Quelina, entusiasmada.
Mara voló hacia las nubes y regresó pronto.
—Allí, junto a las raíces más grandes del Gran Roble, la tierra es suave y segura.
Entonces Pino cavó con fuerza en ese nuevo lugar y la tierra cedió con facilidad. Lumo, que brillaba como una pequeña estrella, iluminó el interior oscuro para que todos pudieran ver bien mientras trabajaban.
—¡Yo puedo traer hojas secas para hacer el piso suave y calientito! —dijo Quelina.
Y así lo hizo, viaje tras viaje, con paciencia y alegría.
—¿Y yo qué puedo hacer? —preguntó Río con tristeza—. No puedo cavar ni cargar hojas.
Quelina lo miró con ternura.
—Tú puedes desviar un poquito tu corriente para que el agua de la lluvia no entre por la entrada. ¡Eso es muy importante!
Los ojos de Río brillaron de alegría.
Cuando la madriguera estuvo lista, comenzaron a caer las primeras gotas. Los cinco amigos entraron juntos, calentitos, secos y felices. Afuera, la lluvia cantaba sobre las hojas.
—Lo logramos —dijo Pino, mirando a su alrededor con una sonrisa.
—Lo logramos juntos —corrigió Quelina suavemente.
En ese momento, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar con una luz cálida y serena. Quelina había aprendido algo que nunca olvidaría: no importa si eres grande o pequeño, si vuelas o nadas, si brillas o cavas. Cuando cada uno aporta lo suyo, juntos pueden construir algo que ninguno podría hacer solo.
Y mientras la lluvia seguía cayendo afuera, cinco amigos se arroparon con hojas secas y escucharon el sonido del agua, sintiéndose seguros, unidos y muy, muy orgullosos.
Cuando cada uno aporta lo que sabe hacer mejor, juntos pueden construir cosas maravillosas.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo qué haría cada personaje del cuento si tuvieran que construir algo nuevo, como un castillo de almohadas. Paso 2: Construyan juntos ese castillo de almohadas en casa, cada uno con una tarea diferente: uno coloca las almohadas, otro las acomoda, otro decide dónde va la entrada. Paso 3: Al terminar, conversen sobre cómo se sintieron trabajando en equipo y qué parte hizo cada uno para que el resultado fuera posible.
