na mañana de viento suave, Quelina estaba sentada bajo el Gran Roble Sabio mirando a Mara volar entre las flores. La mariposa danzaba de un lado a otro, subía y bajaba, giraba con el aire como si fuera parte de él.
—¡Mara, eso es lo más bonito que he visto! —dijo Quelina con los ojos muy abiertos—. Quiero volar yo también.
Mara aterrizó delicadamente sobre una hoja y sonrió.
—Tú no tienes alas, Quelina. Pero sí tienes algo que yo no tengo: esa imaginación tan grande que te cabe entera en el coparazón.
Quelina pensó y pensó. Si no podía volar con alas, ¡inventaría una manera propia!
Primero recogió hojas grandes y las pegó en su espalda con resina de árbol. Subió a una piedra, cerró los ojos y... saltó. Cayó suavemente sobre el pasto. Las hojas se soltaron y volaron solas, sin ella.
—Mmm —dijo Quelina, frotándose la nariz—. Eso no funcionó. Pero qué graciosas se veían las hojas bailando solas.
Después juntó semillas de diente de león y sopló fuerte para ver si el viento la llevaba con ellas. Las semillas volaron en todas direcciones y ella se quedó parada en el mismo lugar, pero descubrió que si corría siguiéndolas podía sentir el viento en la cara. ¡Era casi como volar!
Lumo, que había observado todo desde una rama, bajó volando a su lado.
—¿Te rendiste? —preguntó la luciérnaga con curiosidad.
—¡Para nada! —respondió Quelina—. Solo aprendí que las hojas vuelan mejor solas y que correr con el viento se siente muy bien. Cada intento me enseñó algo.
Entonces tuvo su mejor idea. Trepó lentamente a la colina más suave del Valle Esmeralda, metió sus patitas dentro del caparazón y rodó hacia abajo. El mundo giró a su alrededor: el cielo verde, la tierra azul, las flores de colores mezclados. Cuando se detuvo, estaba riendo tan fuerte que Mara y Lumo se rieron también.
—¿Cómo se sintió? —preguntó Mara.
—Como rodar por las nubes —dijo Quelina, todavía mareada y feliz—. No es volar, pero es mío. ¡Es el vuelo de las tortugas!
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron con una luz cálida y redonda, como si también estuvieran celebrando.
Mara la miró con ternura.
—¿Ves? Cada vez que algo no salió como querías, encontraste algo mejor.
Quelina asintió y miró el Valle desde la colina. El viento seguía soplando, las semillas seguían volando y ella ya sabía que la próxima vez que algo saliera mal, solo significaría que un nuevo descubrimiento estaba por llegar.
Cuando algo no sale como lo planeaste, no es un error: es el comienzo de un descubrimiento tuyo.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo si alguna vez intentó algo que no salió bien y cómo se sintió. Escúchalo con calma y sin interrumpirlo. Paso 2: Juntos recuerden qué aprendieron de ese momento o qué cosa nueva descubrieron gracias a ese tropiezo. Paso 3: Dibuja en un papel ese 'error convertido en descubrimiento' y ponle un nombre especial que solo ustedes dos conozcan.
