l borde del Valle Esmeralda había un laberinto de piedras antiguas. Nadie sabía quién lo había construido, pero todos decían lo mismo: una vez adentro, era muy difícil salir.
Un día, Quelina y Lumo entraron al laberinto por curiosidad. Al principio fue divertido: doblaban a la derecha, luego a la izquierda, seguían recto... pero después de mucho caminar, siempre terminaban en el mismo lugar: un muro de piedra sin salida.
—Inténtalo otra vez —dijo Lumo, batiendo sus alas pequeñas.
Quelina lo intentó. Derecha, izquierda, recto. El mismo muro.
—Quizás si vamos más rápido —sugirió Lumo.
Fueron más rápido. El mismo muro.
—Quizás si contamos los pasos —propuso Quelina.
Contaron los pasos. El mismo muro.
Quelina se sentó en el suelo fresco y respiró hondo. A veces, cuando algo no funciona una y otra vez, lo más valiente no es seguir haciendo lo mismo, sino detenerse a pensar de otra manera.
—Lumo —dijo Quelina despacio—, ¿qué ves tú desde arriba cuando vuelas?
Lumo parpadeó sorprendido. Nunca se le había ocurrido usar sus alas dentro del laberinto. Siempre había caminado junto a Quelina, como si las alas fueran solo para la noche.
Lumo subió. Subió más. Y desde las alturas vio algo maravilloso: el laberinto, visto desde arriba, dibujaba la forma de una flor. Y en el centro de esa flor... había una abertura secreta entre dos piedras muy juntas.
—¡Quelina! —gritó emocionado—. ¡El camino no está en los pasillos, está en el centro!
—¿En el centro? —preguntó ella, confundida.
—¡Sí! Pero hay que ir por donde parece que no hay camino.
Quelina cerró los ojos un momento. Imaginó la flor que Lumo describía. Imaginó el centro. Imaginó las dos piedras muy juntas. Y entonces entendió: a veces la salida está justo donde creemos que no puede estar.
Caminó hacia el lugar donde el muro parecía sólido. Empujó suavemente con su caparazón... y las dos piedras se separaron apenas lo suficiente para que ella pasara.
¡Afuera!
El sol del Valle Esmeralda los recibió con su luz dorada. Las espirales del caparazón de Quelina brillaron con fuerza, como si el propio Valle celebrara junto a ellas.
—Lo logramos —dijo Lumo, posándose sobre la cabeza de su amiga.
—Lo logramos porque tú miraste desde otro lugar —respondió Quelina sonriendo—. Y yo imaginé lo que tú veías.
Esa tarde, de regreso bajo el Gran Roble Sabio, Quelina pensó que los problemas difíciles a veces no necesitan más fuerza ni más velocidad. Necesitan una mirada nueva, un amigo que vuele más alto, y la valentía de imaginar lo que todavía no se puede ver.
Cuando un camino no funciona, usar la imaginación y mirar desde otro lugar puede abrir la salida que parecía imposible.
Paso 1: Dibujen juntos en papel un laberinto sencillo, con una entrada y una salida escondida en un lugar inesperado. Paso 2: Pídanle al niño o la niña que cierre los ojos e imagine el recorrido antes de trazar el camino con el dedo. Paso 3: Conversen sobre un momento en que algo fue difícil y cómo encontraron o podrían encontrar una solución pensando de manera diferente.
