n el Valle Esmeralda, cuando llegaba el otoño, los animales hacían una gran exposición de arte junto al Gran Roble Sabio. Todos traían su creación más especial para compartir con los demás.
Pino llegó con una escultura hecha de ramitas y hojas secas. Lumo dibujó figuras en el aire con su luz parpadeante. Río hizo danzar el agua hasta formar remolinos brillantes. Pero Mara, la pequeña mariposa, se quedó quieta en una rama baja, con las alas caídas y los ojos tristes.
—¿Qué te pasa, Mara? —preguntó Quelina, acercándose despacio.
—No tengo pincel ni colores —susurró Mara—. No puedo hacer nada bonito. Solo soy una mariposa.
Quelina la miró con mucha ternura y le preguntó:
—¿Y qué pueden hacer las mariposas?
—Volar —dijo Mara, encogiéndose de hombros—. Pero eso no es arte.
—¿Estás segura? —sonrió Quelina.
Mara no supo qué responder. Entonces Quelina señaló el prado cubierto de rocío que había frente a ellas.
—Vuela como más te guste —dijo simplemente.
Mara dudó un momento. Luego, casi sin pensarlo, abrió sus alas y comenzó a moverse. Primero despacio, como si recordara algo olvidado. Después más rápido, trazando curvas suaves entre las flores. Sus alas rozaban los pétalos con delicadeza, y cada vez que lo hacía, el rocío volaba en pequeñas gotas que brillaban como estrellas diminutas.
Mara voló en círculos, en espirales, en zigzag. Dibujó en el aire formas que nadie más podía hacer. El viento que creaban sus alas hizo girar hojas doradas que cayeron formando un camino precioso sobre el pasto.
Sus amigos se quedaron sin palabras, mirando con los ojos muy abiertos.
—Mara —dijo Pino con voz suave—, acabas de pintar el cuadro más hermoso que hemos visto.
Mara aterrizó despacio, sorprendida. Miró el prado: las hojas formaban una espiral, las gotitas de rocío brillaban por todas partes y las flores seguían moviéndose suavemente. Era, sin duda, una obra de arte.
—Pero yo no usé pincel —dijo Mara, todavía confundida.
—Usaste tus alas —respondió Quelina—. Eso es lo más tuyo que existe.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina brillaron con una luz cálida y suave, como si el Valle Esmeralda también quisiera celebrar lo que acababa de ocurrir.
Mara sonrió de verdad por primera vez en todo el día. Entendió que el arte no necesita ser igual al de los demás. El arte es cualquier cosa que haces con todo tu corazón, usando lo que solo tú tienes.
Y desde ese otoño, cada año, el cuadro más esperado de la exposición era el de Mara: el único que nunca se podía guardar, pero que todos recordaban para siempre.
El arte más verdadero nace cuando usas lo que solo tú puedes dar.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija qué cosa especial puede hacer con su cuerpo, como saltar, girar, aplaudir o soplar. Paso 2: Invítalo a moverse libremente al ritmo de su imaginación y pregúntale qué forma o historia está dibujando en el aire con su movimiento. Paso 3: Juntos, denle un nombre a esa creación invisible y cuéntenle a alguien de la familia lo que imaginaron.
