na mañana de primavera, Mara llegó volando hasta donde estaba Quelina con las alas caídas y el corazón apretado.
—Quelina, ¿puedes ver mis alas? —preguntó con voz suave—. Son cafés y anaranjadas, nada más. Hoy vi a otras mariposas con manchas azules y brillos dorados. Las mías parecen... aburridas.
Quelina la miró con calma y sonrió.
—¿Aburridas? —dijo—. Cuéntame, ¿alguna vez has pintado algo con esas alas?
Mara frunció el ceño, confundida.
—¿Pintar? Las mariposas no pintamos. Solo volamos.
—Eso no es del todo cierto —respondió Quelina—. Ven conmigo.
Las dos amigas caminaron hasta el estanque de flores silvestres que crecía cerca del Gran Roble Sabio. Había pétalos caídos de todos los colores: rojos, morados, amarillos y rosados. El agua del estanque estaba quieta como un espejo.
—Toca los pétalos con tus alas —dijo Quelina con ternura.
Mara lo dudó un momento. Luego, con mucho cuidado, rozó un pétalo rojo. Algo de color quedó en la punta de su ala. Después tocó uno morado, luego uno amarillo. Sin darse cuenta, empezó a moverse de pétalo en pétalo, rozando aquí, girando allá, dejándose llevar por la alegría de los colores.
Cuando se detuvo, Quelina abrió los ojos muy grandes.
—Mara... mira tu reflejo en el agua.
Mara se asomó al estanque y contuvo el aliento. Sus alas, que antes le parecían simples, ahora tenían salpicaduras de rojo, toques de morado y destellos de amarillo que ella misma había creado sin seguir ningún plan, solo jugando.
—¡Yo hice eso! —susurró, asombrada.
—Tú lo hiciste —confirmó Quelina—. Sin copiar a nadie. Sin saber exactamente cómo iba a quedar. Solo dejándote llevar.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas lunas danzando bajo el sol.
Mara batió las alas despacio, sintiéndolas por primera vez como algo propio y verdadero.
—¿Y si mañana me quedan feas? —preguntó.
—Entonces serán tuyas de todas formas —dijo Quelina—. Lo más bonito no es que queden perfectas. Lo más bonito es que las hiciste tú.
Mara sonrió tan fuerte que todo su cuerpo se llenó de luz. Luego salió volando hacia el Valle, con sus alas llenas de colores que ella misma había pintado sin saber que podía hacerlo.
Y desde ese día, cada vez que Mara dudaba de lo que podía crear, recordaba el estanque, los pétalos y la voz suave de su amiga: lo más importante no es que quede perfecto, sino que venga de ti.
Cuando creas desde el corazón, sin miedo a equivocarte, descubres que siempre tuviste colores propios dentro de ti.
Paso 1: Siéntense juntos y pídele a tu hijo o hija que dibuje o garabatee libremente en una hoja en blanco durante dos minutos, sin decirle qué dibujar ni cómo hacerlo. Paso 2: Cuando termine, invítalo a observar su dibujo y pregúntale: '¿Qué ves aquí? ¿Qué te inventas con esto?' Escucha sin corregir ni guiar. Paso 3: Dile con sinceridad algo que te guste de lo que creó y pregúntale cómo se sintió mientras lo hacía, celebrando juntos el acto de crear.
