ada noche, antes de cerrar los ojos, Quelina miraba desde su roca favorita la silueta de la Montaña de los Sueños. Era alta, muy alta, y su cima siempre estaba envuelta en nubes blancas y suaves como algodón.
—¿Qué habrá allá arriba? —se preguntaba Quelina en voz baja.
Una mañana, Mara la mariposa llegó batiendo sus alas de colores anaranjados y negros.
—¡Buenos días, Quelina! Tienes cara de estar pensando algo muy grande.
—Es que sueño con llegar a la cumbre —confesó Quelina—. Pero cuando empiezo a caminar y veo qué lejos está, me da miedo que mis patas no alcancen.
Mara se posó suavemente sobre una flor amarilla y la miró con ternura.
—¿Y si vamos juntas? —propuso—. Yo volaré a tu lado, y tú caminarás. Cada quien con lo que tiene.
Así comenzaron. El camino tenía piedras, raíces y curvas que no se veían desde abajo. Quelina avanzaba despacio, pero avanzaba. Cuando sus patas se cansaban, se detenía, respiraba hondo y miraba hacia adelante.
—¿Ves esa roca grande? —decía Mara—. Lleguemos hasta allí primero.
Y Quelina llegaba. Luego a la siguiente. Luego a la siguiente.
A mitad del camino, Quelina se sentó sobre un tronco caído y suspiró.
—Mara, ¿qué pasa si llegamos hasta arriba y las nubes ya no están?
Mara sonrió con sus grandes ojos brillantes.
—Entonces habremos llegado de todas formas. Y eso, amiga mía, ya es un sueño cumplido.
Quelina pensó en eso mientras seguía subiendo. Poco a poco, el aire se volvió más fresco, y las piedras más suaves. Y entonces, sin darse cuenta exactamente cuándo, llegaron.
La cima era sencilla: un pequeño espacio plano con pasto verde y viento gentil. Las nubes pasaban tan cerca que Quelina estiró una pata y sintió su humedad fría en los dedos.
—Son reales —susurró asombrada.
En ese momento, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como si supieran antes que ella lo que acababa de aprender.
Los sueños no viven solo al final del camino. Viven en cada paso que das para llegar a ellos.
Quelina miró el Valle Esmeralda desde arriba. Vio el Gran Roble Sabio, el río donde vivía Río, el árbol de Pino, la cueva de Lumo. Todo era más hermoso visto desde allí.
—Mara —dijo con voz tranquila y feliz—, creo que ya sé qué hacer con mis sueños.
—¿Qué? —preguntó la mariposa.
—Caminarlos —respondió Quelina, con una sonrisa que le llenó todo el caparazón de luz dorada.
Los sueños no son lugares a los que se llega de un salto, sino caminos que se recorren con paciencia, valentía y un buen amigo al lado.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo cuál es un sueño o algo que desea aprender o lograr, y escúchalo con atención sin interrumpir. Paso 2: Juntos, piensen en tres pasos pequeños que podrían dar para acercarse a ese sueño, como si fueran tres piedras en el camino de Quelina. Paso 3: Antes de dormir esta noche, abracen ese sueño en voz alta diciéndolo juntos: 'Yo puedo caminar hacia mis sueños, un paso a la vez.'
