ra una tarde gris en el Valle Esmeralda. Las nubes habían cubierto el cielo y la lluvia caía suavecito sobre las hojas y las flores. Quelina miraba por la ventana de su casa con los ojos bien abiertos, pensando en todo lo que no podía hacer afuera.
—Papá, me aburro —dijo Quelina con un suspiro pequeño.
Su papá, que era una tortuga grande y de voz tranquila, se acercó y se sentó a su lado.
—¿Y si inventamos un cuento? —propuso él, con una sonrisa amable.
—¿Inventar uno nosotros? —preguntó Quelina, sorprendida—. ¿Podemos hacer eso?
—Claro que sí —dijo su papá—. Los cuentos no solo se encuentran en los libros. También viven aquí adentro —y señaló suavemente el corazón de Quelina.
Entonces su papá comenzó: —Había una vez una tortuga pequeña que encontró una semilla brillante...
Quelina abrió los ojos bien grandes y siguió: —¡Y esa semilla podía volar! La plantó en una nube y creció un árbol de algodón con frutas de colores.
Su papá rio con alegría y continuó: —Un día llegó una luciérnaga llamada Lumo que quería subir al árbol, pero tenía miedo de las alturas.
—¡Yo sé qué pasó! —dijo Quelina, emocionada—. La tortuga le tomó la mano y subieron juntos, paso a paso, hasta llegar a la fruta más grande de todas.
—¿Y de qué sabía esa fruta? —preguntó su papá, curioso de verdad.
Quelina cerró los ojos un momento para imaginar bien. —Sabía a miel y a música. Cuando la mordías, escuchabas una canción de cuna que te hacía sentir muy querido.
Su papá la abrazó con ternura. —Eso es lo más bonito que he escuchado en mucho tiempo, Quelina.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como siempre que algo nuevo y especial entraba a su corazón.
—Papá, ¿por qué brilla mi caparazón? —preguntó ella.
—Porque acabas de aprender algo importante —respondió él con voz cálida.
—¿Qué aprendí?
Su papá pensó un instante y dijo: —Que cuando dos personas imaginan juntas, crean algo que ninguna de las dos podría crear sola.
La lluvia seguía cayendo afuera, pero adentro todo era luz y palabras y risas. Quelina y su papá continuaron el cuento hasta que el cielo se puso anaranjado y las estrellas comenzaron a asomarse tímidamente.
Esa noche, antes de dormir, Quelina pensó en Lumo volando entre las nubes de algodón y sonrió. Había algo mágico en inventar historias con alguien que uno quiere mucho.
Y cada vez que llovía en el Valle Esmeralda, Quelina corría donde su papá y le decía: —¿Seguimos el cuento?
Cuando imaginamos juntos, el amor se convierte en magia.
1. Siéntense juntos en un lugar cómodo y elijan una sola palabra mágica para comenzar un cuento, por ejemplo: 'dragón', 'nube' o 'semilla'. 2. Túrnense para agregar una oración cada uno, sin pensar demasiado, dejando que la imaginación fluya libremente. 3. Al terminar, díganle al cuento un título inventado entre los dos y celebren con un abrazo grande.
