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Quelina

Cien veces que el castor intentó construir

esfuerzo continuo

erca del arroyo más brillante del Valle Esmeralda vivía un castor llamado Casimiro. Tenía los dientes fuertes, las manos trabajadoras y un sueño muy grande: construir su primera represa. Pero cada vez que colocaba las ramas, el agua las arrastraba lejos.

Un día, Quelina y su amigo Lumo paseaban por la orilla cuando escucharon un golpe, luego otro, y luego un largo suspiro.

—¡Otra vez! —dijo Casimiro, sacudiendo su cola con tristeza—. Ya lo intenté diez veces y siempre se cae todo.

Lumo encendió su pequeña luz y se acercó volando con curiosidad.

—¿Cuántas veces dijiste? —preguntó.

—Diez —repitió Casimiro—. Y ninguna funcionó.

Quelina observó el arroyo, luego observó las ramas esparcidas por el agua, y después miró a Casimiro con ojos atentos.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella con voz suave—. ¿La segunda vez fue exactamente igual que la primera?

Casimiro pensó un momento.

—No... la segunda vez puse las ramas más juntas.

—¿Y la tercera?

—Busqué ramas más gruesas —recordó él, un poco sorprendido.

—Entonces —dijo Quelina sonriendo— cada vez que intentaste, aprendiste algo nuevo. Eso no es fallar, Casimiro. Eso es construir.

En ese instante, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como pequeñas estrellas despertando.

Lumo abrió los ojos muy grandes.

—¡Mira eso! —exclamó, girando emocionado alrededor de ella.

Casimiro también lo vio, y algo dentro de su pecho se sintió más liviano.

—Pero ¿y si el intento número once tampoco funciona? —preguntó con honestidad.

—Entonces aprenderás algo en el intento número once —dijo Quelina—. Y en el doce, y en el trece. Las represas más fuertes del valle no se construyeron en un día.

Casimiro respiró profundo. Recogió las ramas con calma, esta vez observando bien cómo corría el agua antes de colocar la primera. Lumo iluminó los rincones más oscuros del arroyo para que pudiera ver mejor. Y Quelina, sentada en una piedra, lo acompañó en silencio.

El intento número once tampoco quedó perfecto. Pero se sostuvo un poco más que el anterior.

—¡Lo sentí! —gritó Casimiro—. ¡Esta vez resistió más!

Lumo brilló tan fuerte que pareció una estrella caída al agua.

Quelina asintió con ternura.

—Eso es todo lo que necesitas: que cada vez sea un poquito mejor que la vez anterior.

Casimiro siguió intentando. No llegó a cien veces, aunque él decía entre risas que estaba dispuesto a intentarlo. Llegó al intento diecisiete, y esa tarde, cuando el sol se despedía del Valle Esmeralda, su represa se quedó quieta, firme, abrazada por el arroyo.

Miró su obra y sonrió con todo el cuerpo.

Lumo bailó de alegría entre los juncos. Y Quelina, con el caparazón brillando dorado bajo la última luz del día, susurró:

—Cada intento era parte de la represa, Casimiro. Solo que todavía no podías verla.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cada vez que lo intentas de nuevo, ya estás construyendo algo grande.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pidan a su hijo o hija que piense en algo que le haya costado aprender (atarse los zapatos, dibujar algo, armar un rompecabezas) y que cuente cuántas veces lo intentó antes de lograrlo. Paso 2: Juntos, dibujen en una hoja una pequeña escalera y escriban o dibujen en cada peldaño un intento diferente, recordando qué aprendieron en cada uno. Paso 3: Celebren la escalera completa con un abrazo, reconociendo que cada peldaño fue igual de valioso que el último.

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