sa mañana, el lago del Valle Esmeralda estaba más tranquilo que de costumbre. Quelina se acercó a la orilla y vio a Río flotando solo, con las aletas caídas y los ojos tristes.
—¿Qué te pasa, Río? —le preguntó Quelina con voz suave.
Río abrió la boca. Luego la cerró. Volvió a abrirla.
—No sé... hay algo aquí —dijo señalando su pecho pequeño—, pero no encuentro las palabras. Y eso me pone muy... muy... —se detuvo otra vez, agitó las aletas con fuerza y se hundió un poco bajo el agua.
Quelina lo entendió sin que él terminara la frase. Esa sensación de tener algo adentro que no sabe cómo salir es muy difícil de cargar.
—A veces las palabras no llegan solas —dijo ella con calma—. Pero eso no significa que lo que sientes sea menos real.
Río asomó la cabeza de nuevo.
—Es que Pino y Mara se fueron a jugar sin esperarme esta mañana. Y yo quería ir. Y me sentí... —frunció el ceño—. ¿Cómo se llama eso que duele un poco y también da enojo?
Quelina pensó un momento.
—¿Quizás te sentiste dejado de lado?
Los ojos de Río se abrieron grandes.
—¡Sí! ¡Eso! ¡Exactamente eso! —exclamó, y sus escamas brillaron un instante—. Pero no sabía cómo decirlo.
—Las personas y los animales a veces no tenemos la palabra exacta —explicó Quelina—. Por eso también podemos dibujar lo que sentimos, o mostrarlo con el cuerpo, o pedirle a alguien de confianza que nos ayude a encontrarla.
En ese momento llegaron Pino y Mara, saltando entre las flores del sendero.
—¡Río! —llamó Mara aleteando—. ¡Te buscamos esta mañana pero no te vimos!
—Nadabas muy adentro del lago —agregó Pino—. Pensamos que querías estar solo.
Río parpadeó sorprendido.
—Yo... no sabía que me buscaron —dijo en voz baja.
—Y yo no sabía que ustedes me habían buscado —confesó Río—. Creo que ninguno habló a tiempo.
Todos se miraron y soltaron una pequeña risa.
—¿Quieren venir ahora? —preguntó Pino.
—Sí —respondió Río, y esta vez la palabra le salió clara, redonda y segura.
Quelina sonrió. En su caparazón, las espirales doradas brillaron despacio, como si supieran que algo importante acababa de pasar. No había sido una lección grande ni complicada. Solo un pez, unas palabras que no llegaban, y amigos dispuestos a escuchar.
A veces, eso es todo lo que se necesita.
Cuando las palabras no alcanzan, pedir ayuda para encontrarlas es una de las formas más valientes de expresarse.
Paso 1: Pregúntale a tu hijo o hija si alguna vez sintió algo por dentro que no supo cómo explicar con palabras, y escúchalo con atención sin interrumpir. Paso 2: Juntos, inventen nombres divertidos o nuevas palabras para esos sentimientos difíciles de nombrar, como lo hizo Río. Paso 3: Practiquen decir esas palabras nuevas en voz alta y comenten cómo se siente poder ponerle nombre a lo que uno lleva por dentro.
