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Quelina

Las palabras cálidas que Quelina sembró en el Valle

palabras que sanan

na mañana luminosa en el Valle Esmeralda, Quelina salió de su casa con los ojos todavía adormilados. Estaba de mal humor porque había dormido muy poco, y eso la hacía sentir gruñona por dentro.

Su amiga Mara llegó volando con sus alas de colores brillantes.

—¡Buenos días, Quelina! ¿Quieres venir a ver las flores nuevas junto al arroyo? —preguntó Mara con alegría.

—No quiero ir a ningún lado —respondió Quelina en voz alta—. Y tus alas hacen demasiado ruido cuando vuelas.

Mara se detuvo en el aire. Sus antenas se inclinaron hacia abajo y siguió su camino en silencio.

Quelina caminó sola un rato, pero algo raro comenzó a sentir: un peso pequeño y molesto justo en el centro del pecho. No era hambre. No era cansancio. Era algo diferente.

Siguió caminando hasta llegar al Gran Roble Sabio, que extendía sus ramas como brazos abiertos sobre el Valle.

—Roble, hoy dije algo feo a Mara —murmuró Quelina—. ¿Por qué me siento tan mal si fui yo quien habló así?

El Roble crujió suavemente, como siempre hacía cuando quería decir algo importante.

—Quelina, las palabras son como semillas. Cuando las sueltas, crecen en el corazón de quien las recibe. Algunas dan flores. Otras, espinas.

Quelina pensó en eso. Recordó la carita de Mara cuando oyó sus palabras, y comprendió que ella había sembrado una espina sin querer.

Sin esperar más, la pequeña tortuga fue a buscar a su amiga. La encontró posada sobre una flor morada cerca del arroyo.

—Mara —dijo Quelina con voz suave—, esta mañana mis palabras fueron feas contigo. Lo siento de verdad. Tus alas no hacen ruido. Son las más bonitas del Valle.

Mara la miró un momento, y poco a poco una sonrisa le cubrió la cara.

—¿Estás bien, Quelina? —preguntó con ternura.

—Estaba cansada y de mal humor. Pero eso no es tu culpa —respondió Quelina.

En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como si el Valle entero supiera que algo importante acababa de pasar.

Las dos amigas se quedaron juntas mirando las flores nuevas junto al arroyo. El agua cantaba, los pájaros respondían, y el Valle Esmeralda se sentía más cálido que antes.

Esa tarde, Quelina tomó una piedra lisa del suelo y la guardó en su bolsillo. Decidió que cada vez que quisiera decir algo con enojo, primero apretaría la piedra un momento. Ese segundo de pausa, pensó, le daría tiempo de elegir mejor qué semilla quería sembrar.

Y desde ese día, el jardín de palabras de Quelina fue el más florecido de todo el Valle.

💛 QUELINA NOS DICE...

Las palabras que elegimos son semillas: podemos sembrar espinas con el enojo, o flores con la bondad.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos y túrnense para decirse una 'palabra cálida' al otro, como 'eres valiente', 'me alegras el día' o 'te quiero mucho'. Paso 2: Pregúntenle al niño cómo se sintió al recibir esa palabra y cómo se sintió al darla. Paso 3: Juntos, piensen en alguien del Valle de su vida (un amigo, un familiar) que podría necesitar una palabra cálida hoy, y anímense a dársela antes de dormir.

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