← Tomo 618 / 33
Quelina

La caja de recuerdos de la abuela tortuga

recuerdos felices

na tarde tranquila, mientras el Valle Esmeralda se teñía de naranja y rosa, Quelina encontró algo especial debajo del gran helecho que crecía junto a su casa. Era una caja pequeña, de madera suave y oscura, con una mariposa tallada en la tapa.

Quелина la reconoció al instante. Era la caja de su abuela Torta, que había vivido muchos, muchos años en el Valle y que ahora descansaba muy lejos, entre las estrellas.

—¿Puedo abrirla? —se preguntó Quelina en voz baja, con el corazón latiendo despacio y fuerte al mismo tiempo.

Justo en ese momento llegó Mara, la mariposa, que pasaba volando con sus alas de colores.

—Quelina, ¿qué encontraste? —preguntó Mara, posándose suavemente sobre una hoja cercana.

—La caja de mi abuela —respondió Quelina—. Pero no si debo abrirla. Me da un poco de tristeza y un poco de alegría juntas.

Mara asintió con ternura.

—Eso pasa cuando queremos mucho a alguien —dijo—. Ábrela. Los recuerdos no hacen daño; al contrario, abrazan.

Quelina respiró profundo y levantó la tapa.

Adentro había cosas pequeñas y sencillas: una piedra azul muy lisa, una pluma amarilla, una semilla seca y un pedacito de tela verde doblado con cuidado.

—¿Qué son estas cosas? —preguntó Mara.

Quelina sonrió poco a poco mientras los recordaba.

—Esta piedra la encontramos juntas en el río el día de mi cumpleaños número cuatro. La pluma cayó del cielo y mi abuela dijo que era un regalo del viento. La semilla... la semilla es del primer árbol que plantamos juntas. Y esta tela es un pedacito de mi manta de cuando era bebé.

Cada vez que Quelina nombraba un recuerdo, algo cálido le llenaba el pecho, como una luz suave encendida desde adentro. Y entonces, las espirales doradas de su caparazón comenzaron a brillar, despacito, como pequeñas lunas.

—¿Lo ves? —dijo Mara maravillada—. Tu caparazón brilla.

—Sí —susurró Quelina—. Creo que acabo de aprender algo.

—¿Qué aprendiste? —preguntó Mara con curiosidad.

Quelina miró la caja, luego el cielo rosado, y después se abrazó suavemente a misma.

—Que los recuerdos felices no se van cuando alguien se aleja. Se quedan aquí —dijo, poniendo una patita sobre su corazón—. Como si la abuela hubiera guardado un pedacito suyo en cada cosa de esta caja, para que yo nunca la olvidara.

Mara se acercó y rozó con sus alas la mejilla de Quelina.

—Y ahora también puedes hacer tu propia caja —dijo—. Para guardar los momentos que más quieres.

Quелина cerró la cajita de madera con mucho cuidado y la apretó contra su caparazón brillante.

Esa noche, antes de dormir, recogió una hojita verde del helecho, una caracolita del camino y una pequeña flor amarilla. Las puso dentro de una cajita nueva que encontró en casa.

Y mientras cerraba la tapa, sonrió.

Los recuerdos felices son semillas. Y si los cuidas, siguen creciendo para siempre.

💛 QUELINA NOS DICE...

Los recuerdos felices no desaparecen: viven en el corazón y nos acompañan siempre.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Busquen juntos una cajita o bolsita pequeña en casa. Paso 2: Cada uno elige un objeto sencillo que le recuerde un momento feliz, como una piedrita, una hoja, un dibujo o un pedacito de tela, y lo coloca dentro de la caja. Paso 3: Siéntense juntos y cuenten la historia de ese objeto: ¿qué pasó ese día?, ¿cómo se sintieron?, ¿con quién estaban?

← AnteriorSiguiente →
La caja de recuerdos de la abuela tortuga
0:00/0:00
0.0s