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Quelina

El ritual de las luciérnagas cada verano

tradiciones familia

ada vez que el verano llegaba al Valle Esmeralda, el aire se llenaba de un olor dulce a flores silvestres y las noches se volvían tibias y suaves. Para Quelina, eso solo podía significar una cosa: la Noche de las Luciérnagas estaba por comenzar.

Desde que Quelina era muy pequeña, su mamá y su papá la llevaban al Gran Roble Sabio justo cuando el sol se escondía detrás de las montañas. Allí, toda la familia se sentaba en el pasto fresco, contaba historias y esperaba el momento en que cientos de luciérnagas encendían sus lucecitas doradas al mismo tiempo. Era como si el cielo bajara a jugar con ellos.

Pero este verano, algo preocupaba el corazón de Quelina. Su amiga Lumo, la luciérnaga más brillante del valle, le había dicho que ahora tenía hermanitos recién nacidos y que quizás no podría volar esa noche.

—¿Y si Lumo no viene? —le preguntó Quelina a su mamá mientras caminaban hacia el roble—. ¿La noche será igual sin ella?

Su mamá sonrió con calma y tomó su pequeña mano entre las suyas.

—Las tradiciones no dependen de que todo sea perfecto, mi amor. Dependen de que estemos juntos.

Quelina pensó mucho en esas palabras mientras se sentaba con su familia bajo las ramas enormes del Gran Roble. Su papá comenzó a contar la historia de la primera Noche de las Luciérnagas, la misma historia de siempre, y Quelina la escuchó como si fuera la primera vez.

Cuando el cielo se puso completamente oscuro, algo brilló entre los arbustos. Luego otro destello. Y otro más. De a poco, el Valle Esmeralda comenzó a llenarse de pequeñas luces danzarinas, y justo en ese momento, una lucecita más brillante que las demás se acercó volando directo hacia Quelina.

—¡Lumo! —susurró Quelina con los ojos muy abiertos.

—Mis hermanitos se durmieron temprano —dijo Lumo riéndose suavecito—. No me iba a perder nuestra noche por nada del mundo.

Las dos amigas se miraron felices mientras cientos de luces doradas flotaban a su alrededor. Quelina sintió que su corazón se llenaba de algo cálido y redondo, algo que no tenía nombre pero que se sentía muy bien. Las espirales de su caparazón comenzaron a brillar suavemente en la oscuridad.

En ese momento entendió algo importante: las tradiciones son como abrazos que se repiten. No necesitan ser iguales cada año para sentirse exactamente igual de bien.

Su papá la alzó en sus brazos y los tres miraron juntos las luces que bailaban en la noche de verano.

—¿El año que viene también? —preguntó Quelina.

—El año que viene también —respondieron sus papás al mismo tiempo.

Y Quelina cerró los ojos un momento para guardar esa noche dentro de ella, justo donde siempre viven las cosas que uno más quiere.

💛 QUELINA NOS DICE...

Las tradiciones en familia son abrazos que se repiten, y cada vez que las vivimos, nos recuerdan cuánto nos amamos.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Esta noche, antes de dormir, pregúntale a tu hijo o hija cuál es su momento favorito que repiten juntos en familia, puede ser un juego, una comida especial o un cuento antes de dormir. Paso 2: Cuéntenle cómo comenzó esa tradición, aunque sea algo pequeño, y por qué es especial para ustedes. Paso 3: Inviten a su hijo o hija a inventar juntos una tradición nueva, algo sencillo que puedan repetir cada semana o cada mes, y denle un nombre especial que solo su familia conozca.

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El ritual de las luciérnagas cada verano
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