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Quelina

Las estrellas donde van los que amamos

muerte explicada ninos

sa noche, Quelina no quiso cenar.

Se sentó sola en la orilla del lago, mirando el agua quieta. Adentro de su pecho había algo raro: una especie de piedra pesada que no dejaba entrar el aire completo. Su abuela Tortuguita Mayor había partido esa mañana. Los mayores del Valle decían que había «descansado para siempre», pero Quelina no entendía bien esas palabras, y no entender le daba más miedo todavía.

Lumo la encontró así, con los ojos brillosos y la cabeza agachada.

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó la luciérnaga con voz suave.

Quelina asintió sin hablar. Lumo se posó a su lado y encendió su luz apenas un poquito, solo para que no estuvieran tan a oscuras.

—Extraño a mi abuela —dijo Quelina al fin, y las palabras le costaron mucho—. Pero no dónde está. No si puede escucharme. No si me recuerda.

Lumo miró hacia el cielo un momento antes de responder.

—¿Ves esa estrella de allá, la que parpadea más que las otras?

Quelina levantó la vista. Había miles de estrellas, pero una, justo encima del Gran Roble Sabio, titilaba de un modo distinto, como si respirara.

—Sí —dijo Quelina en voz muy baja.

—Mi mamá siempre me dijo algo —contó Lumo—: cuando alguien que amamos mucho se va de este mundo, su amor no desaparece. El amor no puede morir. Se transforma, como el agua que se vuelve nube. Y desde allá arriba, sigue alumbrando, aunque ya no podamos abrazarlo.

Quelina sintió que la piedra en su pecho todavía estaba, pero ya no pesaba igual.

—¿Entonces mi abuela está ahí? —preguntó.

—Su amor está en todas partes donde vayas —dijo Lumo—. Está en las cosas que te enseñó. En la forma en que doblas las hojas para hacer tu cama. En las canciones que sabes de memoria porque ella te las cantó. Eso no se va nunca.

Quelina pensó en las manos arrugadas de su abuela, en cómo olía a tierra mojada y flores silvestres, en cómo le decía «mi pequeña espiral» cada vez que la abrazaba.

Y entonces lloró. Lloró de verdad, sin avergonzarse, mientras Lumo le ponía una patita chiquita sobre el caparazón.

Llorar dolía, pero también, de alguna manera extraña, ayudaba.

Cuando las lágrimas se calmaron, Quelina miró la estrella parpadeante otra vez.

—Abuela —susurró—, te extraño mucho. Pero voy a cuidar todo lo que me dejaste adentro.

En ese instante, las espirales doradas de su caparazón brillaron despacio, como si algo dentro de ella hubiera entendido algo muy importante: que el amor verdadero no necesita despedida, porque nunca termina del todo.

Quelina no dejó de extrañar a su abuela. Eso no desapareció. Pero esa noche, con Lumo a su lado y una estrella parpadeando sobre el Gran Roble, supo que cargar ese amor era la manera más hermosa de seguir juntas.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cuando alguien que amamos se va, su amor no desaparece: vive en todo lo que nos enseñó y en cada vez que lo recordamos con el corazón.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Siéntense juntos en un lugar tranquilo, de noche si es posible, y miren el cielo o enciendan una vela pequeña. Paso 2: Pídele a tu hijo o hija que piense en alguien que extraña y que cuente en voz alta una cosa especial que esa persona le dejó: una palabra, una costumbre, un recuerdo bonito. Paso 3: Juntos, digan el nombre de esa persona en voz alta y agradézcanle por todo lo que dejó en sus corazones.

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