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Quelina

El invierno de Quelina y la primavera que siguió

duelo simple

n el Valle Esmeralda, junto al camino de piedras suaves, crecía una flor color naranja que Quelina visitaba cada mañana. Se llamaba Solana, y aunque las flores no hablan, Quelina sentía que esa flor la conocía. La saludaba inclinando sus pétalos cuando soplaba la brisa, y brillaba con tanta fuerza que parecía guardar un pequeño sol adentro.

Pero un día, el cielo se volvió gris. El viento trajo frío, y las hojas del Valle comenzaron a caer una por una. Quelina fue al camino de piedras suaves y encontró a Solana inclinada, sus pétalos arrugados y opacos. Al día siguiente, la flor ya no estaba.

Quelina se quedó mirando la tierra vacía durante mucho tiempo. Sentía algo pesado en el pecho, como si alguien hubiera puesto una roca pequeña justo ahí adentro. No tenía ganas de caminar, ni de comer, ni de escuchar los cuentos del Gran Roble Sabio.

Mara, la mariposa de alas azules, la encontró sentada sola al borde del río.

—¿Qué te pasa, Quelina? —preguntó posándose suavemente sobre una rama cercana.

—Se fue Solana —respondió Quelina con voz pequeña—. Y no qué hacer con este hueco que siento.

Mara no dijo nada por un momento. Luego habló con calma:

—Yo también conozco ese hueco. Cuando algo que amamos se va, duele. Y está bien que duela. Eso significa que lo quisiste de verdad.

—¿Y cuándo se va el dolor? —preguntó Quelina.

—No se va del todo —dijo Mara—. Pero se hace más suave. Como cuando una piedra en el río se vuelve redonda con el tiempo. Y un día, en ese mismo lugar donde dolía, crece algo nuevo.

Quelina miró la tierra donde había estado Solana. Recordó sus pétalos naranjas, su forma de brillar, las mañanas que habían compartido. Y aunque los ojos se le llenaron de lágrimas, también sintió algo cálido: gratitud por todo ese tiempo juntas.

Esa noche, Quelina hizo algo especial. Recogió una piedra pequeña del camino y la pintó de naranja con el barro de colores del Valle. La puso cerca de su caparazón mientras dormía.

Cuando llegó la primavera, algo sorprendente ocurrió: justo donde había estado Solana, brotaron tres flores nuevas, también color naranja, también brillantes. Quelina las miró y sonrió.

—No desapareciste —susurró—. Solo cambiaste de forma.

En ese momento, las espirales doradas de su caparazón brillaron con una luz suave y tranquila, como la de una vela en la noche. Quelina había aprendido que despedirse no es olvidar. Es guardar con cuidado lo que fue, para tener espacio para lo que vendrá.

💛 QUELINA NOS DICE...

Despedirse de algo querido duele, pero ese amor que sentimos nunca desaparece: se transforma en fuerza y nos acompaña siempre.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

1. Siéntense juntos y pidan al niño que recuerde algo o alguien que extrañe: una mascota, un lugar, una persona. Invítenlo a describirlo con palabras amables y cariñosas. 2. Busquen una piedra pequeña en el jardín o en la calle, y decórenla juntos con colores que recuerden a eso que extrañan. 3. Coloquen la piedra en un lugar especial de la casa, y cuéntense una cosa bonita que esa persona, animal o lugar les dejó en el corazón.

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El invierno de Quelina y la primavera que siguió
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