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Quelina

El error de ayer y el abrazo de hoy

autocompasion

sa mañana, Quelina se despertó con una piedra en el corazón.

El día anterior había pasado algo difícil. Ella y Mara jugaban cerca del arroyo cuando Quelina, corriendo sin fijarse, pisó sin querer las flores que Mara había recogido con tanto cuidado. Las flores quedaron aplastadas, y Mara se fue a casa llorando en silencio.

Quelina se había disculpado, pero las palabras le parecieron demasiado pequeñas para lo grande que se sentía su error. Así que esa mañana hizo algo que pocas veces hacía: se metió dentro de su caparazón y no quiso salir.

—No soy buena amiga —pensó en la oscuridad—. Soy torpe, soy descuidada. No merezco jugar con nadie.

Afuera, Lumo la buscaba. La luciérnaga notó el caparazón quieto junto al arroyo y se acercó despacio.

—¿Quelina? ¿Estás ahí dentro?

—Sí —respondió una voz pequeñita—. Pero prefiero quedarme aquí.

—¿Puedo quedarme yo aquí afuera, entonces? —preguntó Lumo con dulzura.

Hubo un silencio. Luego, muy lentamente, Quelina asomó la cabeza.

—Hice algo malo ayer —dijo, con los ojos brillantes de tristeza—. Arruiné las flores de Mara. Soy terrible.

Lumo se posó suavemente sobre una piedra y la miró.

—¿Tú querías lastimar a Mara?

—¡No! —respondió Quelina de inmediato—. Claro que no.

—Entonces cometiste un error —dijo Lumo—. Eso es diferente a ser mala. Yo también he cometido errores. Una vez apagué mi luz justo cuando Pino me necesitaba para ver en la noche. Me sentí horrible. Pero Pino me dijo algo que no olvidé: «Los errores nos enseñan, no nos definen».

Quelina salió un poco más de su caparazón.

—Pero yo ya me disculpé y aún me siento mal por dentro.

—Eso es porque todavía no te has dado un abrazo a ti misma —dijo Lumo—. Ya le pediste perdón a Mara. Ahora falta pedirte perdón a ti.

Quelina frunció el ceño, pensativa. ¿Podía una tortuga pedirse perdón a misma?

Cerró los ojos un momento y se dijo por dentro, muy despacio: «Cometí un error. Lo siento. Voy a aprender de esto. Me quiero igual».

Algo cálido le recorrió el pecho. Y entonces ocurrió algo hermoso: las espirales de su caparazón comenzaron a brillar suavemente, como si el propio Valle Esmeralda estuviera asintiendo.

En ese momento, escucharon unas alas. Era Mara, que llegaba volando con una sonrisa.

—Te busqué ayer —dijo—. Quería decirte que ya estoy bien. Y que encontré flores nuevas esta mañana. ¿Quieres venir a verlas conmigo?

Quelina miró a Lumo. Lumo le guiñó su pequeña luz.

Y Quelina, con el caparazón brillando y el corazón un poco más ligero, salió del todo y caminó junto a su amiga hacia el nuevo día.

💛 QUELINA NOS DICE...

Cuando cometes un error, puedes pedir perdón a los demás y también dártelo a ti mismo, porque equivocarse no te hace malo, te hace alguien que todavía está aprendiendo.

✨ ACTIVIDAD PARA HACER JUNTOS

Paso 1: Pregúntale a tu hijo si alguna vez hizo algo por accidente que lo hizo sentir muy mal consigo mismo, y escúchalo sin interrumpir. Paso 2: Juntos, piensen en tres palabras amables que le dirían a un amigo que cometió ese mismo error, y luego díganlas en voz alta como si fueran para ellos mismos. Paso 3: Dénse un abrazo real y repitan juntos: «Me equivoqué, aprendí y me quiero igual».

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El error de ayer y el abrazo de hoy
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