na mañana luminosa, Quelina estaba sentada junto al arroyo mirando sus patas. Eran cortas, redonditas y se movían despacio. Suspiró.
—¿Por qué suspiras? —preguntó Mara, la mariposa, posándose suavemente sobre una piedra cercana.
—Mira mis patas —dijo Quelina—. Son tan pequeñas. Tú tienes alas para volar alto. Río tiene aletas para nadar rapidísimo. Lumo brilla en la oscuridad. Pino tiene púas que lo protegen. Yo solo tengo estas patitas lentas y chiquitas.
Mara inclinó su cabeza con ternura.
—¿Me acompañarías a dar un paseo por el Valle? —le preguntó.
Quelina aceptó, aunque no entendía muy bien para qué.
Primero llegaron a un montículo de tierra blanda cerca del Gran Roble Sabio. La tierra estaba removida y revuelta.
—¿Quién hizo esto? —preguntó Mara.
—Yo, ayer —respondió Quelina—. Estaba buscando semillas para plantar.
Mara sonrió y siguieron caminando.
Más adelante encontraron un pequeño nido caído entre las raíces. Estaba perfectamente recolocado sobre una rama baja.
—¿Y esto? —preguntó Mara.
—También fui yo —dijo Quelina, encogiéndose un poco—. Vi que el nido había caído y lo subí con cuidado. Mis patas son lentas pero son muy cuidadosas.
Siguieron avanzando hasta llegar a una piedra grande con un dibujo en espiral trazado con barro.
—¿Lo hiciste tú? —preguntó Mara.
—Sí —susurró Quelina—. A veces dibujo cuando quiero pensar.
Mara batió sus alas despacio y miró a su amiga a los ojos.
—Quelina, tus patas plantaron semillas que darán flores. Tus patas rescataron un hogar de pajaritos. Tus patas crearon algo hermoso en una piedra. ¿Eso no te parece suficiente?
Quelina miró sus patas otra vez. Las veía igual de pequeñas, pero algo había cambiado dentro de ella.
—Son lentas —dijo—, pero son cuidadosas.
—Y fuertes —agregó Mara—. Y creativas. Y generosas.
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como si también quisieran decir algo.
Quelina sonrió. Sus patas no eran grandes ni veloces ni brillantes. Pero eran sus patas. Y con ellas había hecho cosas que importaban de verdad.
Esa tarde, antes de dormir, Quelina las miró una vez más. Y en vez de suspirar, dijo en voz baja:
—Gracias, patitas. Sigamos haciendo cosas bonitas juntas.
Y se quedó dormida con el corazón tranquilo.
Tu cuerpo no necesita ser el más rápido ni el más grande para hacer cosas hermosas y llenas de amor.
Paso 1: Pídele a tu hijo o hija que trace la silueta de sus manos o pies en una hoja de papel. Paso 2: Juntos, escriban o dibujen dentro de la silueta todas las cosas bonitas que esas manos o pies han hecho: abrazar, caminar, dibujar, ayudar. Paso 3: Coloquen la hoja en un lugar especial de la casa y, cada vez que sientan que algo de su cuerpo no les gusta, vuelvan a mirar todo lo que ese cuerpo ya ha sido capaz de hacer.
