na tarde tranquila en el Valle Esmeralda, Mara voló despacio hasta donde Quelina descansaba junto al arroyo. Sus alas de colores, que siempre bailaban alegres, esta vez apenas se movían.
—Quelina —dijo Mara con voz suave—, mi mamá me contó algo grande. Pronto llegará una oruga bebé a nuestra familia. Seré hermana mayor.
Quelina la miró con atención.
—¿Y cómo te sientes con eso? —preguntó.
Mara se posó en una piedra y suspiró.
—No sé. A veces me da alegría y a veces me da miedo. ¿Y si mamá ya no tiene tiempo para mí? ¿Y si la quiere más a ella porque es bebé?
Quelina asintió despacio. Conocía ese miedo. Era real, y era válido.
—Ven —le dijo—, caminemos hasta el Gran Roble.
Bajo las ramas enormes del Gran Roble Sabio, el Valle se sentía más quieto y más grande al mismo tiempo. Quelina buscó con los ojos una rama baja donde había algo especial: un pequeño capullo que colgaba como una lámpara verde.
—¿Ves ese capullo? —preguntó Quelina—. Adentro hay una mariposa que aún no ha nacido. ¿Crees que cuando salga, las flores del valle van a desaparecer?
Mara frunció el ceño pensando.
—No... Las flores seguirán ahí.
—¿Y los ríos se secarán?
—Tampoco —respondió Mara, algo confundida.
—El Valle no se hace más pequeño cuando llega alguien nuevo —dijo Quelina con calma—. Al contrario, se llena de más vida. Con tu hermanita pasará lo mismo. El amor de tu mamá no se parte como una hoja seca. Crece, como el Valle en primavera.
Mara miró el capullo en silencio. Luego miró sus propias alas de colores brillantes.
—¿Tú crees que yo puedo ser una buena hermana mayor?
En ese momento, las espirales doradas del caparazón de Quelina comenzaron a brillar suavemente, como siempre que algo importante sucedía por dentro.
—Creo que ya lo eres —respondió Quelina—. Porque ya la estás queriendo, aunque todavía no la conoces.
Mara sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero verdadera.
Los días pasaron, y una mañana Mara llegó volando al Valle más rápido que nunca, con las alas llenas de luz.
—¡Quelina! ¡Ya llegó! ¡Se llama Tía, y es tan chiquita y tan suave!
Quelina río con alegría.
—¿Y cómo te sientes ahora?
Mara pensó solo un segundo.
—Como si el Valle hubiera crecido un poco más.
Y tenía razón. Porque eso es exactamente lo que hace el amor cuando llega alguien nuevo a casa: no ocupa el lugar de nadie, sino que abre uno nuevo, justo del tamaño de su corazón.
Cuando llega un nuevo ser querido a la familia, el amor no se divide, sino que encuentra la manera de crecer y hacerse más grande.
Paso 1: Siéntense juntos y pídele a tu hijo o hija que dibuje su familia en un papel, dejando espacio en blanco alrededor. Paso 2: Pregúntale cómo se siente con la llegada del bebé, escucha sin corregir ni apresurar, y valida cada emoción que mencione. Paso 3: Juntos dibujen al nuevo integrante entrando al espacio en blanco del dibujo, y conversen sobre una cosa especial que el niño o la niña podrá enseñarle o compartirle al bebé cuando crezca un poco.
